lunes, 26 de octubre de 2020

Músicas bastardas

Darle un toque jazz a Monteverdi, guitarra eléctrica a Purcell, Scarlatti o Vivaldi, convertir  sonatas de Schubert en piezas de garitos oscuros para la comunión de  feligreses de la gran religión jazz. Sí, parece agua y aceite, sí, parece anatema, sí, más parece puñetazo que abrazo. Pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte, no paro de volver a ellos una y otra vez.  



 




martes, 20 de octubre de 2020

Ultrajumento o cómo encarar malamente (o al modo jaramugo) la crisis de los cincuenta


 GLOSARIO PREVIO

Ultraman. Prueba deportiva que algo tiene pero no es triatlón. Se desarrolla durante tres días conforme  al siguiente esquema, disponiendo de 12 días horas cada día para completar la prueba: Día 1: 10 kms de natación y 145 de ciclismo. Día 2: 274 kms de bicicleta. Día 3: 84 kms de carrera a pie. Hay que situarse en un contexto extraño al profano donde el prefijo (ultra-,iron-) o el complemento (extrem, limit) define el prestigio de una prueba y del chalado que la completa, el finisher en la jerga.

Jaramugada: Competir por competir, pero disfrutando en la superación. Cuanto más lejos y mayor dureza, mejor. No hay dolor. Semper finisher. A la gloria atravesando la adversidad. Puede equivaler en ocasiones a machada muchas veces gestada en la orilla del río entre amigos mientras suena Cash. Si no hay prueba a la que acudir, se inventa". (Definición de "Jaramugada" por el Doctor David Diego)

Crisis de los 50: Hay unos síntomas psicológicos asociados a esta crisis; como pueden ser principalmente los de depresión, alteraciones emocionales, irritabilidad más frecuente que de costumbre y una pérdida de la autoestima.

Durante mis tiempos salvajes, empezaba a sonar aquello del ultraman, aunque no recuerdo  que  ya se organizaran pruebas en España. La cosa tentaba pero parecía mucho pan pa la perrina, hasta cuando casi nada nos parecía inalcanzable.

Varios años después abandoné el deporte por completo, me dediqué a estudiar a lo bruto –todo a muerte-, hasta que un día advertí algo extraño, algo que podría definir como perder el control de mi cuerpo. Acostumbrado a lesiones o secuelas del ejercicio físico, detecté otro tipo de taras que me parecían más peligrosas e inexplicables, fruto de la simple inactividad. Entonces lo asociaba a la afirmación de Damasio, vía Spinoza, de la mente como idea del cuerpo, como función de las representaciones cerebrales del cuerpo. No mucho pero en algo se relacionaba con cómo veía yo aquel asunto; y es que algo echaba en falta, y es que  aquello no iba bien.

A cuenta de ello, de un par de años a esta parte regresé al redil del deporte cotidiano, sin grandes volúmenes, pero  constante. Conozco muy bien mi cuerpo y después de meses de entrenamiento cruzado (natación, ciclismo, carrera) este verano no me vi lejos de dónde lo había dejado, me sentí fuerte y me apetecía probarme. Entonces decidí volver a competir en al menos un par de carreras de gran exigencia al año (En 2019 Medio Ironman de Salamanca y Desafío Doñana) para también seguir una preparación previa que me estimulara y me exigiera afinar.

Ahora me apetecía competir aún más, pero este año no hay carreras, así que volví a la idea de aquellas locas jaramugadas que hilábamos entre cervezas en tiempos. Ahora que bebo poca cerveza volvió la idea del ultraman. Evidentemente, si no me consideraba preparado en mi mejor época física, menos me iba a atrever ahora (para afrontar un reto de ese tipo con garantías hay que andar más suelto en la vida, con menos obligaciones: el buey solo...) así que pensé en un medio ultraman: 5 kms de natación y 75 de ciclismo el primer día, 140 kms de ciclismo el segundo, el maratón (42 k ms.), el tercero. Lo que viene siendo un ultraman para flojos.

A todo ello se unió mi reciente cincuenta cumpleaños que casi me invitaba valorar qué estaba perdiendo sumando años. Un reto algo patético y pueril, lo reconozco, pero factor ineludible, soy sincero.

Durante pandemias no caben convocatorias para hacer alguna parte en compañía, con la gran ayuda que implica ese estímulo, solo comprensible para miembros de la parroquia, así que tocaba afrontar el reto en soledad, lo que también constituía un obstáculo-estímulo añadido, para qué nos vamos a engañar. Tocaba lidiar con la larga distancia como mandan los cánones, desde ese diálogo interior que busca tantas veces infructuosamente, razones en el abismo del agotamiento.

Desde que comencé los 5 kilómetros de natación (200 largos) albergaba la duda de si no tendría problemas para completar el primer escalón del reto para casi abandonar antes de comenzar. Había hecho entrenos de 3 kilómetros pero no había ido más allá, y lo cierto es que la distancia solo la había completado una vez en mi vida, en una travesía en el Pisuerga. Pero el neopreno que habría utilizado en el río (hubiera sido lo suyo, pero por varias razones no acabó de cuadrar la aventura en el final del verano) fue mano de santo. Pasados los 100, mentalmente todo fue restar y animarse. (2 horas y 11 minutos)

Los 75 de bici se me atragantaron al final por el aire en contra de vuelta y porque venía más tostado de lo que yo pensaba (28 de media), pero seguíamos en carrera. Ahora se trataba de comer y descansar para el día siguiente.

El domingo los 140 kms de bici los completé camino de Salamanca, con bastante suerte con el aire, con buena mañana pero acabando con el culo pelao de tanto rodar. En los recorridos llanos vas más rápido pero yo tengo querencia por las carreteras de monte (27,5 de media). Sí me noté algo cansado al principio –tal vez solo fuera  predisposición mental-, pero me animé al girar, aunque también llegué con la reserva y con esa mala cara que cada día confirmaba para su espanto mi santa al volver a casa.

Quedaba el maratón, sí notaba el cuerpo cansado, lo suyo hubiera sido elegir un asequible perfil plano de asfalto pero decidí tirar hacia Fuenteguinaldo por la cañada, con lo que prácticamente vas ascendiendo desde casa por un recorrido precioso. Sí he tenido la impresión de que gasté más energía de la cuenta con tanta cuesta y con tanto aire en contra, aunque hay que reconocer que el vendaval de culo bien que se agradeció de regreso, llegando a casa con todo el cuerpo dolorido,  jodido pero contento, como en los viejos tiempos (4 horas y ocho minutos). Y hoy mejor recuperado de lo esperado.

Objetivo cumplido, gratamente sorprendido de casi poder hacer lo mismo que antaño, pensando en retos inventados y en alguna carrera oficial cinco estrellas, de las que lucen en el curriculum. Valoraremos cuando acabe la pesadilla.

En alguna ocasión escribí sobre qué mal llevaríamos el declive físico los que gustábamos de estas locas aficiones. Bien, parece ser que aún no es la hora. No sé por cuánto tiempo, pero sigo manteniendo el control, decido qué quiero hacer, lo hago, no pudiendo estar más que agradecido por este sorprendente e inmerecido privilegio.

Bien, se trata solo de disfrutar, la única respuesta es la acción, la única respuesta en la vida es la voluntad, sea corriendo, estudiando o redactando pliegos de contratación.

Disfrutar, solo respirar.

Ya lo decía Virgilio: Vires Acquirit Eundo (La fuerza se adquiere avanzando).

No hay más. 

Y mira que se me olvidaba, como en los viejos tiempos, el grito de guerra: "¡¡¡YO SOY ESPARTACO!!!"

lunes, 5 de octubre de 2020

Son 50 años larga distancia




"Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto sino un hábito" (Aristóteles)


50 años bien pueden considerarse larga distancia, y siento que aún no me bajé de la bici para afrontar la prueba de la verdad: el maratón. Demasiados proyectos, demasiados libros, demasiados kilómetros por afrontar en el futuro. Me autoengaño y creo comenzar por razones profesionales mi tercera carrera. De fondo el mantra de los mandamientos de la larga distancia, las "tres c" :la natación con calma, el ciclismo con cabeza, la carrera con coraje (era con cojones). Mis "tres c" profesionales: capacidad, conocimiento y compromiso, las de mis dos jefes-modelo, C y C, que con estilos casi opuestos las practican a diario con determinación granítica. Al final siempre la única respuesta posible en forma de acción o voluntad. 

Persiguiendo el silencio que me muestre quién soy yo. El vacío antes de mutar en lo que crees. Y ese miedo a la inevitable pérdida de tanto que no merezco.  El camino y el fin siempre han de ser lo mismo, cada día como búsqueda , atención y pregunta, como lucha, renuncia y respuesta. 

La vida pasada como tierra quemada de culpa y autorresentimiento, terreno fértil para la cosecha y la construcción del asombro cotidiano como único puerto y destino, como única forma de vivir. 

martes, 8 de septiembre de 2020

Balance del grado en Historia del Arte: libros y libros en párrafo y medio


Haciendo un voluntarioso esfuerzo de contención, tras el ingente acopio de datos que han completado un bello y exigente camino al que he sentido darme forma durante los últimos cuatro años, me preguntaba si podría prescindir de una larga explicación sobre todo lo descubierto, todo lo llegado para quedarse y enriquecer mi vida con una profundidad difícil de calibrar.

Tras esa infinita relación de formas o expresiones vertidas durante siglos, me basta un detalle para mí tremendamente significativo, el del giro insinuado o decidido por algunos de los más grandes, por Tiziano, Velázquez, Rembrandt, Goya o Turner. Un camino emprendido que nos transmite algo de desengaño, un recular del maestro a una suerte de imperfección, a la liberación de la pincelada suelta, a la audacia de volverse incomprendidos, pero que ellos casi entienden como conclusión inevitable a su obra. Me quedo con la pregunta de qué empuja a Goya pintar al final de su vida un perro hundido en un espacio vacío como advirtiéndonos que no hay más, que la vida era esto. El mismo desamparo del único superviviente de “Amanecer después del naufragio” de Turner. La soledad y el desamparo de ese perro son las del hombre frente a la inmensidad y la muerte.

¿Qué significa? Pregunta siempre el profano ante el cuadro. No, el arte no significa, el arte comunica, el arte cuenta. El arte no apela a la razón, el arte apela a la verdad y la verdad siempre es una pregunta.

Me quedo con una frase de Turner que descubrí casi mi último día de estudio serio y que conecta mágicamente con lo que yo pienso y siento cuando me enfrento al arte y la cultura, cita que me sirve de lúcida despedida:

“No lo pinté para que fuera entendido”

Cierro con una maravillosa foto de 1888 sobre el descubrimiento de la escultura clásica conocida como “El púgil”, que apareció como refleja la foto, completa, tal que si hubiese aguardado  sentado casi dos mil años a regresar a la vida. Pura poesía en imagen, metáfora del arte como vía de  conocimiento para cuestionarnos y comprendernos.

Fin de un principio en mi vida.


lunes, 7 de septiembre de 2020

The Last Dance: Jordan o la cólera de Aquiles

“Oh, Musa, canta la cólera de Aquiles, hijo de Peleo”

Así comienza la Iliada, así comienza la historia de la literatura cuando se fija por escrito lo que se transmitía oralmente. Así comienza casi el espíritu occidental, con la cólera del héroe, lo que por otra parte resulta bastante significativo.

En esencia ese verso describe qué es “The Last Dance”, el repaso, a partir del último anillo de aquellos míticos Chicago Bulls, de la gloria y la cólera del héroe sobrehumano. Jordan es Aquiles y el adjetivo de mítico nunca fue tan bien traído. A Aquiles se le ofrece vivir feliz pero elige la muerte temprana a cambio de la inmortalidad de la fama eterna .Odiseo encarna otro arquetipo humano, el que rechaza la inmortalidad ofrecida por la bella ninfa Calipso para regresar a Ítaca y envejecer y morir junto a su imperfecta y humana Penélope.

El espíritu de competición es una herencia que procede directamente de la Grecia antigua y clásica, no solo en el ámbito deportivo sino también en el bélico o en el político, aunque supongo que este tipo de cuestiones que explican nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos, dado el clamoroso desprecio por las Humanidades reinante, dejarán de interesar o simplemente conocerse hasta para la gran mayoría de futuros titulados de nuestras universidades. A Jordan le define su espíritu de competición, solo entiende el vivir como pelea para ser reconocido como el mejor.

Más que un canto épico al uso de la hazaña deportiva, el documental de diez capítulos articula la narración en un desarrollo admirable por los continuos enganches emocionales que mantienen en vilo al espectador. El precio de la fama aquí no es la vida del héroe, sino el buen nombre del buen hombre. El lado turbio de una figura sobrehumana por sus dotes atléticas que se presenta antipática y egocéntrica, tanto para sus compañeros de viaje como para el propio espectador. Demasiadas sombras.

Un lado interesante del prisma es ese inesperado instante en que ya no hay nada que demostrar porque se ha ganado todo, qué mueve al héroe durante ese impasse en el que desaparece su razón de ser; ahí se sitúa el chocante apagón de la temporada y media dedicada al béisbol. Es entonces cuando se pone de manifiesto el lado más oscuro de Jordan, cuando surge un modo de pensar y de actuar algo inquietante,  la necesidad de reparación del ultraje, ejemplificada en la magnífica escena en la que simula golpear  un  bate de béisbol con un puro en la boca al más puro estilo Al Capone, mientras habla de una ofensa, real o inventada, por parte de una futura víctima sobre la cancha como única motivación para la próxima victoria. Y es que cuando a la bestia ya no le basta el espíritu de superación porque todos reconocen que nadie está a su altura, cuando la fiera sestea, necesita otro combustible, precisa de la cólera que despierte su despiadado modo de operar sobre la pista.

El momento clave de la serie es el final del capítulo siete. Él reflexiona, sabe que su papel es cuestionado por sus compañeros más o menos explícitamente, que no existe la palabra amigo en el equipo. Sin embargo, creo que tanto ellos como él aceptan que era el único camino para formar un equipo legendario, que casi seguro sin esa malsana tensión constante, no lo habría sido tanto. Hasta en las críticas de sus compañeros se destila el orgullo de haber formado parte de aquel grupo de elegidos para la gloria. Jordan se justifica: cree que esa sobreexigencia era el único camino para el triunfo que él buscaba, ser el mejor de la historia, y que por otro lado, jamás les pidió ningún sacrificio que él no estuviera dispuesto igualmente a ofrecer. Se justifica, sí, pero la duda la abate en forma de lágrima y en una orden dirigida a la cámara: “Break”. Ahí está el atractivo de la serie, ahí está todo, en ese segundo, la grieta en la convicción que ha conducido una vida.

Desde otro punto de vista, desde principio a fin está su baloncesto. Tuve la suerte de vivir esos años en una edad perfecta, los veintitantos, pero a lo largo de la serie, cuando se van sucediendo esos cientos de jugadas y  momentos decisivos, la leyenda que yo ya había construido en mi cabeza se agiganta aún más. Acostumbrado a ver los jugadores excepcionales que disfrutamos en la actualidad, reconoces que lo que él nos regalaba era algo más difícil de explicar y apreciar cuando sucedía; que esa fuerza, armonía y precisión, sabiamente evolucionada con los años, encarnaba la más pura belleza, la misma que ofrece el salto de la bailarina de ballet, el Cristo exánime en manos de la Piedad, la rueca de las Hilanderas. Era arte.

Lo que cuenta “The Last Dance” es el precio que tuvo que pagar por nacer encadenado a un talento y una pasión descomunales y asfixiantes. Puede que estemos hablando de simplemente deporte. O no. Siempre lo digo: kilómetros y  libros vienen a ser lo mismo. Durante el camino solo hay soledad Y cada uno tiene su camino, cada uno sus victorias y derrotas. Jordan y todos los demás, cada uno de nosotros, los mortales. 

 

martes, 25 de agosto de 2020

El peor castigo para el peor delito

 


Cualquiera salmantino conoce el significado y función de esta imagen, o debería. El castigo más terrible en una sociedad donde la vida se consideraba mero tránsito, donde lo temporal cedía ante lo eterno.

Excusa para compartir otras amenazas y maldiciones, tomadas de "El infinito en un junco" de Irene Vallejo, que dan cuenta del extraordinario valor que se otorgaba a los libros y otros soportes de conocimiento. 

Llamativo contraste con una sociedad que desprecia la formación integral del ser humano, colocada en el trance de desaparición de las Humanidades de su sistema educativo, o en su mera inclusión como algo complementario o anecdótico. Una educación donde solo se tiende a la práctica en el aprendizaje, a la utilidad en el resultado. El individuo como producto o herramienta, el individuo y la sociedad incapaz de reflexionar sobre su posición en el mundo, despreciando las guías y referencias de los cimientos de nuestra cultura, en verdad de nosotros mismos.

Siendo terriblemente triste, consuela saber que siempre quedará esa gran minoría comprometida, dispuesta a portar el testigo, quienes aviven y porten la llama.

"A aquel que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua".

"A quien rompa esta tablilla o la ponga en agua o la borre hasta que no pueda entenderse, que los dioses y diosas del cielo y de la tierra lo castiguen con una maldición que no pueda romperse, terrible y sin piedad mientras viva para que su nombre y su simiente queden borrados de la tierra y su carne sea pasto de los perros".

(De las bibliotecas más antiguas de las que hay noticia en el Próximo Oriente: Mesopotamia, Siria, Asia Menor y Persia)

"Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueños no lo devuelve, que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y que cuando, finalmente, descienda al castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre"

(De la biblioteca del monasterio de San Pedro de las Puellas en Barcelona)

domingo, 23 de agosto de 2020

El irlandés... esos adorables asesinos, una vez más


A pesar de ser devoto de Scorsese, para mí sin duda entre los cinco más grandes de la historia del cine, comienzo las tres horas y media de "El Irlandés" con algo de pereza porque sé lo que me va a contar y efectivamente tuerzo el morro cuando va sucediendo lo esperado. Qué necesidad de volver a lo mismo, digo yo.

Y es que está toda la tipología del universo creado entre Coppola y Scorsese, potenciado con los Soprano y al que el cine italiano de los últimos años le está cambiando el glamour de lo hortera por el de la miseria moral.

Una panda de hombres impresentables -en este mundo la mujer solo ejerce de complemento-, vestidos con espantoso mal gusto, hablando las más de las veces de gilipolleces, cuya seña de identidad es un rígido código ético alternativo con reglas que rigen una sociedad endogámica y orgullosa, la  única relevante, y en la que la violencia  y su amenaza, en cierto modo también regulada según sus usos ancestrales, es utilizada como forma habitual de relacionarse en un interminable juego de poder 

El enganche está ahí, la violencia brutal, descarnada por cotidiana y asumida, se convierte en frivolidad tanto para el personaje que la baraja como mero asunto profesional, como para autor y espectador, al mudar increíblemente una vez más en arte y belleza desde el espectáculo. 

Al final de la película abandono mi escepticismo  para acabar entusiasmado, preguntándome dónde está el truco para que Scorsese lo vuelva a hacer, para que la película vuelva a ser excepcional. En la forma de interpretar de unos actores excepcionales, sí,  pero sobre todo en la forma de contar del maestro. Y es que hay veces que me quedo casi paralizado y francamente admirado por la forma de narrar, por cómo construye algunas escenas, cómo retrata el mitin de Hoffa o el asesinato de Kennedy, por cómo utiliza la cámara lenta sin que parezca mera excusa para remarcar contenido sentimental, o esa  eterna búsqueda de  la poética de la muerte sin parecer pedante -Coppola- o reiterativo. Y yo, cinéfilo de medio pelo, que sigo viendo muchas películas y estando al tanto, aunque no como cuando era joven y andaba suelto, acabo pensando cuánto cine hay en diez minutos de Scorsese que da de patadas a tanto genio actual de día y medio.  

Referencia aparte merece esa casi hora final en la que la película cambia de rumbo a partir de un hecho clave en la historia, a partir de lo que casi se antoja el mandato divino a Abraham del sacrificio de Isaac. Scorsese, con un medido y magistral crescendo culminado brutalmente con el asesinato de Hoffa, ralentiza la película, transformándola en un remanso en el que solo cabe una difusa reflexión y autocuestionamiento del protagonista sobre lo ético de sus decisiones y acciones, sobre el sentido de su vida en fin. Un largo epilogo para la vida del protagonista y para una obra que increíblemente se coloca a la altura del grandísimo cine del director. 

Una de las características de estos tipos es que cuando se habla, las palabras cuentan poco; lo que importa es el subtexto, las expresiones tiene un significado que solo conocen ellos: el dar a saber cómo está el tema es una amenaza de muerte o la gente como tú (el "you people" de la antológica discusión de ascendencia "tarantiniana" entre Pacino y Stephen Graham que comparto) es lo peor que le puedes decir  a alguien. Me imagino compartir está película en mi piso de estudiante de Salamanca y sería pasarnos el año tirando de "la gente cómo tú" y de "cómo está el tema".