domingo, 20 de octubre de 2019

El milagro de descontar el tiempo



(A cuenta de la charla de las restauradoras del “Cristo en la cruz” de Álvaro de Rivas)

El cuadro como una puerta del tiempo, una calle oscura que volver a iluminar. 
Un trabajo que es poner en marcha el tiempo hacia atrás, mas no tan aprisa que no se note la edad.
Desde la veneración y el respeto por la creación de más de tres siglos atrás, no pintar ni una brizna más, no limpiar ni una capa más, no contar ni una coma más.
La herida en forma de cuarteado y pérdida solo admiten la receta de la paciencia y lentitud del buen hacer. Siete meses de dedicación para este “Cristo en la cruz” de Álvaro de Rivas que hoy preside nuestra Catedral.
Desde la exigente ortodoxia, advertencia a los que tiran por la calle de en medio para en lugar de restaurar, inventar o malograr. 
Demasiado patrimonio descontrolado al albur de buenas y malas intenciones avisando de atajos siempre más baratos y accesibles
Se me alcanzan pocos trabajos más bellos cuyo producto sea más reconfortante.
El milagro de descontar el tiempo, el milagro de indultar lo condenado.

sábado, 19 de octubre de 2019

No haber nacido



La clásica sentencia del sátiro Sileno afirmando que lo mejor que le podría pasar al hombre es no haber nacido, y que si nacía, morir lo más pronto posible, es una línea constante de pensamiento con muchos exponentes, desde  Teognis de Megara al Edipo de Sofocles, desde Shakespeare a Calderón.

En "Cafarnaúm", reciente película libanesa, se da el siguiente paso a tan ilustre y fundada manera de pensar. Un miserable niño libanés de incierto futuro -es un eufemismo-, que transita las calles de Beirut sin encontrarle sentido a la vida, tras ser acusado por apuñalar a un hombre, decide demandar a sus padres por haber nacido. Invisible para todos, incluidos sus padres, el angustiado espectador aguarda y asume su triste destino, el que esa existencia acosada por despiadados carroñeros,  pase de desesperanzada a radicalmente insoportable. 

Me hizo recordar otra película relacionada de hace unos años, en este caso mexicana, "La jaula de oro", también magníficamente protagonizada por actores no profesionales, que narra la peripecia de unos niños guatemaltecos que tratan de llegar a Estados Unidos, esa evanescente tierra de promisión.


En Cafarnaúm, a pesar de la amargura del existir desesperanzado, de nuevo se acaba filtrando una esperanza algo triste y difusa, también con nombre de país, en esta caso Suecia, lo que te hace preguntarte si esa capacidad de anhelar y soñar no será uno de los  rasgos definitorios del ser humano o simplemente su herramienta de supervivencia más poderosa.

Sin embargo "Cafarnaúm" no mantiene el órdago, dando al final cierto respiro, mostrando el burdo farol de que tras cada vida, por difícil que sea, se esconde  una oportunidad. 

En ese sentido la película mexicana es más honesta, termina como empieza, en un callejón sin salida; con uno de los finales que mayor desazón me causaron en los últimos tiempos, por constituir una de esas molestas advertencias que te dicen que esos niños que dejé olvidados en los planos de una película, siguen allí mismo, ahora mismo, caminando al borde esos infinitos raíles sin que haya nada que yo pueda hacer. 


domingo, 13 de octubre de 2019

Cultura a beneficio de inventario


Acostumbrado a transitar carreteras portuguesas, hay algo que no deja de llamarme la atención, me refiero a la destacada cartelería, tanto por diseño como por abundancia, de señalización de lugares de interés cultural, principalmente de carácter histórico o artístico.

No se estila por estas tierras este desvelo. Ilustre muestra es el hecho de que hasta hace bien poco no existía en nuestra A-62 señalización de todo un enclave Patrimonio de la Humanidad como Siega Verde.

No encontrándose esta no disposición en el ámbito de lo no factible por razón de limitaciones presupuestarias, sino en el puro olvido en el diseño de líneas estratégicas, o en la simple dejadez, me pregunto por la razón de esta falta de interés por dar relevancia y difusión a lo históricamente atesorado.

En esa labor denominada con una expresión tan política e institucionalmente sobreutilizada como es la de puesta en valor, debería formar parte integrante esencial la difusión y la adecuada puesta en conocimiento del objeto a preservar.

Resulta indudable que es imposible conservar todo el patrimonio en peligro. Las alertas que trascienden a los medios casi a diario, constituyen el exponente más acuciante de la pandemia que afecta mortalmente a un amplio elenco que va desde la clásica ruina de pueblo abandonada hasta nuestros agonizantes cascos históricos, casi todos con el marcado destino de parques temáticos para el esparcimiento y/o jolgorio turista.

Esas denuncias de abandono exigen una inyección de recursos que jamás podrá llegar a todos los frentes. Es algo evidente para alguien que maneje Presupuestos, propiamente de sentido común para cualquiera,  aunque nunca lo he escuchado decir claramente; puede  que ocurra algo parecido al problema de las pensiones, mejor no meneallo hasta que se llegue al punto de no retorno de un sistema insostenible y entonces… ya se verá. Ante esa tesitura, se imponen dos líneas complementarias de actuación: por un lado la consolidación en la medida de lo posible, por otro la exhaustiva documentación de todo aquello en trance de desaparición para su memoria y estudio futuros.

Relacionado con ello y volviendo al inicial planteamiento, se me hace difícil entender esa falta de interés por señalar de una forma más digna y eficaz todos esos emplazamientos de interés para un visitante que muchas veces desconoce tal posibilidad. Al final se trata de aportar algo más de piedra al cimiento, algo más de esperanza a un difuso proceso de conservación y reivindicación.

Ese patrimonio son calles que nos comunican con el pasado, el que forma parte de nuestra identidad, que nos hacen reflexionar sobre lo distinto y similar de la relación de otros hombres con su tiempo, que siempre tendrá algo del nuestro. Ese olvido se me antoja algo de falta de consideración y respeto hacia nosotros mismos.

Trabajo en la Administración y sé de lo costoso de mantener ciertos servicios; tal vez por eso trato de ser comprensivo con mis abundantes tentativas fallidas de conocimiento o examen de piezas o enclaves, y es que aun prevenido en horarios, varias veces me he encontrado puertas cerradas y viajes baldíos.

Ya me cuesta más entender que durante semanas de gran afluencia por todos lados –primera quincena de agosto, por ejemplo-, no se respete lo anunciado públicamente, bajo la triste excusa de una hoja de cuaderno pegada en la puerta donde se lee: “Disculpen las molestias”; o no se  atienda a nuestro “Ábrete, Sésamo” particular, en forma de número de teléfono al que nadie contesta.

Tal vez sea casualidad, pero mi experiencia en Portugal en ese sentido siempre ha sido más positiva, con puertas cerradas que a menudo e inesperadamente se abren al visitante, como en este caso:

Inscripción de 1496 de la futura sinagoga de Gouveia, la que nunca fue construida al decretarse la expulsión de los judíos ese mismo año. Refleja la difícil situación de la comunidad, refiriéndose a la gloria que ha de volver.

Y es que no sé si se llega a entender que el interesado transmite a su vuelta lo conocido y admirado.

No sé si, a pesar de grandes principios y aspiraciones,  mucho de este mundo se nos queda en palabras y tratamiento institucional de cartón piedra.

No sé si se llega a comprender que esta labor es gota de agua que acaba calando entero, que si no hay gota, no hay pasado, que sin pasado y sin herencia, hay vida pero es otra; que no se trata de una herencia a beneficio de inventario pendiente de aceptación, que sin esa herencia tal vez seamos, pero siempre más pobres.  

jueves, 3 de octubre de 2019

Mi mejor historia de la Guerra Civil


Tal vez fue el ruido del Valle y la película de Amenábar, que no pinta ni bien ni mal, o no sé a santo de qué me dio este año el arrebato de hacer un paréntesis en mi normalmente algo indigesta dieta lectora, para encadenar varias historias de la Guerra Civil. Oscilé entre sesgos ideológicos opuestos, desde Payne hasta Preston, pasando por Reverte, del que sin ser historiador, me interesaba la visión de sus artículos de "Una historia de España".

A la vista de lo cual,  y de los libros leídos de juventud, llegué a la conclusión de que el mejor retrato de la Guerra Civil y del país, viene siendo el que hace el ilustre literato  Manuel Chaves Nogales en el libro de relatos "A sangre y fuego".

De todas formas, cuanto más leo sobre el tema,  más me llama la atención el hecho de que la gran mayoría de los que lucharon en el bando de la República, cuyos herederos hoy la reivindican con pasión, se dedicaron a conspirar, denostar y sabotear  de palabra, obra y omisión la que ellos consideraban despreciable república parlamentaria, liberal, democrática y burguesa. Tal vez por eso duelen más esos lodos, esa guerra que bien pocos trataron de evitar.

El prólogo del libro de Chaves Nogales es una verdadera maravilla, en forma y fondo, diez páginas de  maravillosa  lucidez en el reino de la estupidez y la crueldad. Poseído por el mismo espíritu de Zweig, reivindica poco más que sentido común en medio de un atenazador panorama de incertidumbre y temor.

Desde su tristemente jocosa condición de fusilable por ambos bandos, reivindica otra forma de España, donde no se hagan con el control los más trastornaos de cada casa. Una pequeña voz apenas audible entre el ruido de las consignas y las armas.

Por favor, leedlo, merece la pena; hay sentencias que deberían aprenderse, llevarse siempre en la maleta, propicias para cualquier momento y vulgar, más para tiempos convulsos.

Prólogo de "A sangre y fuego"



martes, 1 de octubre de 2019

Desafío Doñana: sorprendente y feliz resolución de algo parecido a un triatlón



Mucho en la vida parece consistir en alejarse de lo que fuimos, acercarnos a lo que seremos. Mientras se transita o al hacer balances,  navegamos guiados por temores, apetitos, esperanzas o circunstancias. Formas de marcar hitos, los que se dejan atrás o se adivinan algo más adelante, para definir las etapas de nuestro camino.

Así llegué a entender mi relación con el deporte durante los últimos años, algo que formaba parte de un pasado en el que básicamente lo utilicé como válvula de escape para huir de demonios interiores. Sin embargo este año, alarmado por las secuelas de una vida completamente sedentaria, decidí volver a entrenar, porque me hacía sentir bien y no solo no me quitaba tiempo de tantas actividades en las que me he ido embarcando últimamente, sino que, tras la recuperación del cansancio físico, paradójicamente me suministraba más energía para afrontar cada nuevo reto del camino. En el marco de ese plan de regreso marqué un par de competiciones y ahí es donde aparece Doñana, una carrera que en mis tiempos salvajes siempre quise probar pero nunca cuadró.

El Desafío Doñana es triatlón porque se pedalea, se nada y se corre. El Desafío Doñana no es triatlón porque no sigue sus reglas, altera el orden de las disciplinas y sobre todo obvia uno de los mandamientos y señas de identidad de la larga distancia,  el del esfuerzo en solitario, el de que no quepa ampararte en la rueda que te precede.



100 kilómetros no son nada

La aventura  comienza con 100 kilómetros de ciclismo donde se debería rodar muy rápido en el seno de un grupo que, protegido contra el viento, vuela  por un circuito de repechos generalmente de buen asfalto. Yo,  en cambio, afronté el circuito casi en completa soledad, ya que me parecía demasiada la velocidad del grupo grande para lo que restaba de día y de guerra, optando por un grupo intermedio en el que casi sin querer, al final me fui quedando solo en un error de pardillo, con lo que no me quedó otra que hacer verdadero triatlón. Era el único segmento que había entrenado con algo más de seriedad durante el verano, así que lo completé con una media para mí muy alta y llegando bastante entero a la natación.

El río, el río frente al mar.

Es un solo kilómetro, no más que un miserable kilómetro. Te advierten, es cierto,  que es algo más, que la trampa o la gracia se oculta en forma de corriente o  marea. Y no, no llevaba yo  mi prejuicio muy desmontado, mi idea preconcebida de que un kilómetro no podía ser para tanto, fiándolo todo a mi torpe pero fiable estilo para completar pruebas mucho más largas. Pero he aquí que algo sucedió en medio del río Guadalquivir, cuando desde una embarcación de la organización se me avisa de que me olvide de las boyas, que no luche contra la corriente y que solo trate de buscar tierra. Algo sorprendido, así lo pretendí, aunque por unos instantes en los que me encontré tan desorientado que la tierra por la que me decidí era la del mismo margen del que había partido,  incapacitado por el ligero oleaje y los amagos de calambres  al elevarme para apreciar la situación, provocados por el esfuerzo previo sobre la bicicleta. Me volvieron a enderezar  desde la organización y acabé enfilando al menos el lado correcto, apareciendo, eso sí, cerca de un kilómetro más abajo del punto correcto de llegada, distancia que completé caminando porque me negaba a correr tal tramo, a la espera de lo que restaba, la verdadera estrella de la prueba, los 30 kilómetros de playa. 
  
La playa, quid est veritas

La verdadera sabiduría parte de la experiencia, el conocimiento solo ocurre mientras sucede la experiencia, la que viene a ser la verdad. Cuando yo decido apuntarme a una carrera de este tipo, cuando me inscribo sentado en la silla de mi despacho, creo que sé lo que hago porque he transitado esos caminos de agotamiento extremo muchas veces. Ahora, cuando escribo una semana después, pienso que también cuento la verdad, mas se trata solo de una representación, una interpretación que ni siquiera a mí me sirve. La verdad solo existe mientras sucede, durante la propia carrera,  durante esos infinitos 30 kilómetros de playa, esas más de 3 horas de carrera en la que estás solo, luchando contra la sombra de un enemigo invisible que te obliga a seguir dando un paso tras otro hasta meta.

Honestamente, antes de la prueba, nunca pensé seriamente en completar esa distancia de carrera a pie. Hacía al menos 6 años que no recorría tantos kilómetros,  y durante el verano, por lesión y por  exigencias de otro tipo de carreras – 5 exámenes en 4 días exigen bastante más que cualquier triatlón, aunque las claves de su preparación y superación son las mismas-, apenas había corrido, lo que parecía convertir en obstáculo insalvable el segmento de la carrera a pie, piedra de toque y seña de identidad del Desafío Doñana.  

Esa convicción provocó dos efectos, uno  positivo, el de intentar disfrutar cada kilómetro hasta que durara  aquella playa solitaria e infinita en una tarde perfecta para correr bajo un cielo nublado y frente al mar, aliviado en todo momento por una agradable brisa marina. También uno negativo, de carácter táctico, menos espiritual, error  de principiante, el de no cuidar mi alimentación durante la bicicleta, tirando desde el comienzo de barras, geles, agua e isotónico, poco más, un cóctel peligroso para un estómago vulnerable como el mío.



Como no podía ser de otra forma, el dolor en el gemelo llegó y lo combatí con ibuprofeno para llegar al kilómetro 15, punto de giro, una pequeña meta soñada. No quedaba más que volver, no iba mal pero tenía el estómago tocado, lo que al final me hizo vomitar por mi insistencia en tratar de ingerir calorías que me proporcionaran la energía necesaria para lo que me restaba de prueba.

Muchas veces digo que en el triatlón de larga distancia, el segmento de carrera en poco se asemeja a las carreras de ruta o montaña, en el sentido de que aquí  no cabe unirse a un grupo que te proporcione un mínimo estímulo o te sirva de apoyo o referencia. Todos los participantes van tan al límite, que cada uno se ajusta al escaso margen que le proporciona la horquilla que discurre entre la miseria física y fortaleza mental que aún se atesora. Sin embargo, esa tarde me desmentí a mí mismo, pues la compañía de tres atletas, sus consejos, ánimos y charla me consiguieron llevar hasta una meta que ahora, falsamente, me parece que no costó tanto.

Fueron siete horas para llegar, esta vez de los últimos, pero seguro tan satisfecho como el primero, contando también con que hay bastantes participantes que se retiran, aunque no tantos como se pudiera pensar. 



Satisfecho de cruzar una meta sin merecerla, porque mi entrenamiento estaba a años de luz de lo exigido para completar esta prueba con garantías, llegando gracias a mi experiencia, tozudez y simple afortunada genética.  Esta semana cumplo 49 años y, para bien o para mal, sigo en la brecha, me siento bien y soy consciente de que a poco de continuidad, subiré el nivel. Después de 5 años, había regresado a la competición en junio en Salamanca y mis sensaciones fueron bastante peores, no teniendo claro que fuera capaz de encontrarle la razón a la lucha, la clave de bóveda de estas pasiones. Hoy sí, hoy creo que puede asegurar que el fondo, la larga distancia, sigue formando parte de mí.

Ya no se trata más que de subir escalones, siempre de uno en uno, siguiendo la línea, la que me marcan libros y kilómetros; todos son descubrimiento, los que me abren mundos, me construyen y definen,  aventuras y luz tras cada página y cada meta.

Porque son acción, son voluntad, son vida.  

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Pongamos que hablo de baloncesto


Pongamos que hablo de baloncesto.
Pongamos que hablo de trabajar en común en una dirección.
Pongamos que hablo de solidaridad sin dobleces.
Pongamos que no importe el yo, que solo nos sirva el éxito del grupo, que si no empujamos todos, no cuenta.
Pongamos que cada palabra de ánimo, compromiso y confianza mutua, no albergue ni duda ni trastienda. 
Pongamos que  llegar a lo más alto, aun sabiendo el camino o precisamente por saber el camino, sea más complicado que nunca.
Pongamos que pocos crean en ti.
Pongamos que la única respuesta sea trabajo y compromiso.
Pongamos que  no baste, que se necesite ser serio, ser listo, ser otro; cambiar tus formas de hacer, de afrontar cada batalla porque ya no eres el mismo, porque te volviste más  viejo pero  más duro, más débil pero más tenaz.
Pongamos que el nombre escrito sobre el pecho de tu camiseta exija más que a los demás, que eso dificulte parte del camino.
Pongamos que, al tiempo, ese mismo nombre facilite parte del camino.
Pongamos que haya mucho de cierto en esa misteriosa energía fluyente desde lo hecho oscuramente con esfuerzo y paciencia.
Pongamos que la única alegría pura sea la merecida.
Pongamos que por una vez el discurso sea real, que lo que se dice es, que no exista miedo a conocer la verdad, que la fuerza del vínculo que se transmite sea tal, sin puntos débiles, sin rémoras.
Pongamos que hablo de lo bien hecho, por ser bien concebido y ejecutado.
Pongamos que no hubiera importado no haberlo conseguido porque nada hay que reprochar a lo bien dispuesto.
Pongamos que hablo de sueños.
Pongamos que hablo de corazón.
Pongamos que hablo de España.
Pongamos que hablo de ponerse esa camiseta cada día.
Pongamos que hablo de baloncesto.
Pongamos que no.

domingo, 11 de agosto de 2019

Animal con animal




Tres grandes películas de los últimos meses traspasadas por un nexo común.

Las vidas de sus personajes protagonistas, sus modos de habitar un espacio geográfico determinante, sus rumbos existenciales, todos mediatizados por su relación con los animales que los acompañan, sean caballos, vacas o perros.

Por más que lo intenten, las relaciones con los humanos requieren de unas reglas y códigos que ellos, seres inadaptados, nunca dominarán, lo que los convierte en sospechosos y finalmente marginados. Sin embargo, la comunicación con el animal puede ser exigente o peligrosa, mas  básicamente honesta, cómplice y pura.

Películas que convierten un diagnóstico de saneamiento vacuno en una verdadera película de suspense donde el mal está encarnado por un difuso sistema administrativo de ascendencia kafkiana

Películas que disertan sobre la duda existencial de si merece la pena seguir adelante cuando  la vida se reduce esencialmente a mirar el horizonte de un espacio infinito desde lo alto de un caballo, con una cultura bella, absorbente y totalizadora, con unas claves supongo muy cercanas a la de la cría de ganado de lidia de nuestras tierras.

Películas que enfrentan la ternura y la bondad frente un entorno asfixiante moralmente miserable, en una batalla mortalmente abocada  al fracaso tras recorrer una senda con las pertinentes dosis de angustia y dolor.