A estas alturas un servidor va poco más allá del deporte salud pero en los años salvajes, cuando nos dedicábamos a cruzar a menudo los límites, era normal enfrentarse a la dichosa pregunta: ¿Por qué esas locuras, por qué sufrir?
Sigue siendo válida, tal vez ahora más que nunca, la
socorrida respuesta de Mallory (realmente la escribió Petrarca en el siglo XIV
a cuenta de su entonces verdaderamente insólita ascensión al Ventoux) sobre los
motivos para arriesgar la vida escalando montañas: “Porque están ahí” o el
manido lema de nuestro Ironmanu: “Si te lo tengo que explicar es que no lo vas
a entender”.
Hace años que mi paradigma vital es otro, tanto por
falta de condición física como de disposición espiritual, retroalimentándose ambas
razones. Sin embargo confieso que conservo latente la pulsión por el gran reto,
por la muesca en el curriculum, por el recuerdo de la lucha, por atesorar la
íntima victoria de haberlo intentado y conseguido.
Y justo ahí se me quedó esta aventura nadadora, en
la ya siempre postergada agenda de los anhelos cada día más difusos, una
llamada que cada verano se escuchaba más lejana y a la que respondía, más
que con ilusión, con la triste aceptación de la renuncia a la que te somete lo
imposible. Íntimas derrotas convertidas por la edad en hábito.
Hay un periodo en la vida, al menos así le percibo
yo, en que se comprende en toda su extensión la voracidad que acompaña al término
inexorabilidad, esa consciente aceptación de que algo que estuvo al alcance ya se encuentra para siempre fuera de nuestras posibilidades, no por la
magnitud de la empresa, sino por el lento pero constante declive físico. Consciencia a la que paradójicamente se llega de forma repentina e inesperada, como un salto vital que bruscamente arrebata los sueños de vencer lo imaginado.
Sin embargo este año, a la habitual pregunta de cada
julio: ¿Y por qué no intentarlo? No le sucedió la usual serie de motivos asociados
al sentido común, sino que, partiendo de una miserable base de entrenamientos
de kilómetro o kilómetro y medio en piscina, me lancé a fijar una fecha que por
razones de agenda, me parecía propicia, un plazo improrrogable que bien sé por
experiencia, es el mejor combustible para una puesta a punto acelerada. Una
fecha a una semana vista para hacer un entrenamiento intensivo que no fue el
previsto, pero que tampoco anduvo muy lejos, y que sobre todo implicó el de una
sesión de cinco kilómetros ya referida para tratar con encarar con una mínima
garantía el reto. Esta sesión la terminé seriamente acalambrado en gemelos y pies, no en isquios (el
contratiempo más difícil de gestionar dentro del agua), pero precisamente esa
adaptación era la que buscaba, sabiendo que estos problemas de hoy me llevarían algo más lejos durante el reto. También tenía claro que, favorecido por el
neopreno que permite dejar flotando las
piernas, batiría lo imprescindible, para que los calambres tardasen
en aparecer lo máximo posible.
Fueron dos entrenamientos de dos kilómetros, uno de
tres el jueves y el de cinco el viernes, distancia que por otra parte, era mi
máxima en natación en mis tiempos de triatleta. El intento sería el domingo.
Para los profanos señalar que la natación es un deporte en el que la
memoria del cuerpo actúa rápidamente y puedes ir creciendo progresiva y
rápidamente en las cargas de entrenamiento sin acumular demasiado cansancio de
un día para otro; entiéndaseme, estoy hablando de la experiencia de un mal
nadador en el que su único objetivo es completar la distancia tratando de
mantener un ritmo crucero sostenible.
Cuento algo de la aventura, aunque los que en
tiempos me leían saben que soy más dado a la reflexión sobre la experiencia que
al propio relato de la misma, pero también sé que hay lectores que disfrutan de
los detalles.
En la mañana de autos mi punto de partida es el que
es y la familiar tensión previa a un
reto de entidad se ve aumentada por la consciencia de saber que mi entrenamiento
es muy pobre, lo que ya me pone de manifiesto antes de comenzar Agus CiegoSabino,
indispensable asistente acompañante en piragua, que como a posteriori corroborará, confía poco o nada en mi éxito, estando más preocupado sobre cómo haremos para
salir de en medio de la nada cuando me dé por vencido.
Esa tensión e inseguridad previa son caminos
recorridos hace tiempo, mas la música me sigue sonando y lo tomo como antaño,
intentando relajarme y concentrarme antes de salir de casa y cuando ya estoy en
la fase previa de la preparación logística, ir paso a paso sin darle vueltas a
temores o pensamientos negativos, tal y como hago en los exámenes. “Sé
valiente y la fuerza acudirá en tu ayuda”, susurra Goethe.
Cuando comienzo a nadar todo está demasiado lejos,
pienso en cinco, seis horas por delante y analizo mis sensaciones, que no
pueden ser buenas por el exceso de autoanálisis de cada efecto del esfuerzo en
mi cuerpo, en mi respiración, en mis músculos, que ya anticipo falsamente
resentidos y pesados con la primeras brazadas. No me noto fácil, pero trato de
olvidarme, sé que son predisposiciones mentales, alimentadas por la
inseguridad.
Las referencias en el fondo, más en natación donde
no ves nada más que la fugaz orilla al respirar, son fundamentales. Aquí
referencias pocas, te centras en nadar, tratando no pensar en nada y seguir
adelante, lo cual a ratos se vuelve bastante duro, pero hay que reconocer que
es la natación la que mejor representa la monótona esencia del fondo por la falta de estímulos, un reto
inabarcable en sí mismo.
La primera referencia, el primer hito es el puente
entre Robleda y Fuenteguinaldo, en torno a 2.5 kms, cuya aparición supone un
gran estímulo. Mi primer objetivo es tratar de llegar a mi distancia límite en
natación, los cinco kilómetros, para después tratar de afrontar lo que para mí
es terra incognita sobre la respuesta
de mi cuerpo. Cuando de vez en cuando le pregunto a Agus cuánto llevo, suele ser algo menos de
lo que pienso pero nada alarmante. Hasta esos cinco kilómetros hay unos virajes
por el río poco reconocibles, muy uniformes, mentalmente duros. Sin embargo la
llegada del kilómetro cinco, acompañado de la lejana visión del puente grande,
desde donde ya se ve la presa, el final, es un subidón total.
“¡Thalassa! ¡Thalassa!¡El mar! ¡El mar!” gritaba el
ejército de Jenofonte tras recorrer su propia odisea en territorio enemigo
persa. La vista del puente me hizo casi sentir algo así en mi interior, una
gran alegría, aunque era evidente que una estructura tan enorme tardaría en
acercarse, como ocurrió, exactamente 3 kms, de los que guardo el mejor recuerdo
de toda la prueba. Muy animado creo que entre el 5 y el 8 fue cuando nadé más
“rápido”.
Sin embargo el último tramo, el que va desde el
puente (km. 8) hasta el final fue el más duro. Se me hizo muy largo, entiendo
que porque las distancias engañaban, pero especialmente porque ya estaba
agotado y un ligero viento que levantaba unas olillas me molestaba demasiado,
teniendo la sensación de que no avanzaba nada y me encontraba en las últimas. También
es cierto, que sorprendentemente con pocos amagos de calambres en piernas para
lo esperado; nada serio.
Llego al final de la carretera vieja, el Agus me
dice lo que yo quiero escuchar, que si lo dejo ahí, el reto queda homologado.
Le pregunto cuánto llevo, me responde que 9.600 metros. Le digo que no, que a
pesar de que estoy hasta los mismísimos, voy a seguir, porque ya a
estas alturas, por los menos hay que completar la cifra redonda de los 10 kms. En realidad me falta aun
otro kilómetro más hasta la presa, tramo que recorro malamente, cerca de la
orilla donde el agua parece más tranquila hasta que pongo pie a tierra y
contento, me quito ese dichoso y deteriorado neopreno que me acompañó durante
tantos años en el triatlón y al que ahora, si acaso, devuelvo a su medio una
vez al año.
Estoy machacado pero feliz. El proceso de
volver a buscar la furgoneta a la salida, recoger la piragua, todo bajo un
calor del demonio, se me hace cuesta arriba. Subir la piragua desde el pantano
me muestra bruscamente mi debilidad (ligero mareo), pero prima
la satisfacción.
Cada vez que cruzaba ese puente con el coche y ante la
ingente masa de agua sin fin pensaba que nunca lo intentaría. Resulta que
ahora sí, que ahora contaré mil veces a familia y amigos la misma historia, de cómo venía de allá tan lejos y lo que me costó llegar. La batallita, todo por la batallita.
Un curioso final. Durante la siguiente semana Abril
me dijo que había completado su primer kilómetro en la piscina (40 largos).
Entonces yo le pregunté: ¿Por qué lo haces?
Datos:
10,650 kms.
4 horas y 44 minutos.
Me pesé cuando llegué a casa: 67 kgs (normalmente me
muevo sobre 70), seguro todo producto de la deshidratación (meaba marrón marrón).
Combustible: un plátano, una torta de arroz con chocolate, un aquarius, un Red Bull y un gel.
































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