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sábado, 13 de febrero de 2021

Todos somos Ulises

 


Hace unas semanas compartía en redes  esta cita de Chesterton: Toda gran literatura ha sido siempre alegórica: alegórica de alguna visión del universo en su conjunto. La Ilíada es grande solo porque toda vida es una batalla, la Odisea porque toda vida es un viaje, el Libro de Job porque toda vida es un enigma. Los feligreses en esa rara secta de la Antigüedad Clásica sabemos que se puede ir incluso más allá y afirmar que todas las vidas y historias se reducen a una, contada por Homero hace casi tres mil años, la de los diez años del regreso de Odiseo a su hogar tras la guerra de Troya, porque toda vida no es más que un viaje, porque todos somos Ulises. Palabras que son un balón al pie para contar la última peripecia en mi vida, un giro vital importante.

Las circunstancias me obligaron a tomar una decisión que me convenía profesionalmente desde cualquier punto de vista. Tengo el gran privilegio de poder decidir y recuperar el control y es lo que he hecho. Pasado un mes, las incomodidades del periodo de adaptación y la distancia en poco se han quedado, tanto por las facilidades y gentes encontradas como por mi actitud para encarar obstáculos, forjada en la resistencia atlética, la que determina restarle importancia a meras contrariedades temporales de carácter físico o anímico, a las que jamás se ha de permitir convertirse en centro vital. 

Cambiamos de rumbo, continuamos viaje , abandonamos a  Calipso y encaramos nuevo destino. El tiempo dirá cómo resultó cuando se resuelva el enigma, pero en eso consiste vivir, en seguir remando, acumular experiencias, crecer, extrayendo  todo lo bueno de un nuevo reto que me exige más responsabilidad, estudio y trabajo. Por ahora poco me pesa el pasado, nada echo de menos profesionalmente de una etapa para mí muy fructífera,  pero que, tal vez por la desafortunada-afortunada circunstancia de la transitoriedad, sentí durante mucho tiempo sellada por cierta desconexión espiritual. Ahora solo pienso en futuro, en hacerlo bien y estar a la altura. 

Regreso al pueblo, a ser Secretario de ayuntamiento de pueblos, a una vida y un entorno que, tras mi primera toma de contacto de antaño, cuando no estaba preparado ni por formación ni por experiencia ni por temple, echaba más de menos de lo que pensaba. Durante estos últimos tiempos  en la Corte  he sentido que perdía contacto con la vida real, añorando de una forma difícil de explicar la conexión con la tierra y la gente. Una tierra extraña, una Castilla de plano infinito de la que efectivamente emana algo de trascendente y místico, que aun siendo difícil de expresar,   seguro que no tardando intentaré dar forma en palabras. 

Continuo viaje, dejo gentes que saben que quiero y aprecio por el camino, algunos muy especiales en mi vida,  que me hicieron crecer o descubrir partes de mí que desconocía, con los que seguro, de una u otra forma, me volveré a encontrar en el futuro. El mañana aguarda, un mañana por construir con ellos y con todo lo aprendido, con muchos y mucho más por conocer, con todo por escribir. Es tiempo de zarpar. 

miércoles, 6 de enero de 2021

El arte o los grados de aproximación a la verdad

A cuenta de un texto de Didi-Huberman sobre la valoración de las fotos tomadas en Auschwitz por un miembro del Sonderkommando en el verano de 1944, único testimonio gráfico del proceso (en marcha) del exterminio judío, se fija el marco de su trascendencia a través de sus límites en la comunicación sobre la realidad de lo ocurrido; cómo siendo un testimonio necesario, un trozo de verdad, jamás podrá acercarse a esa verdad. Al final se constituyen en imposible representación del ser, necesario pero esencialmente inexacto, un instante que nos sirve para acercarnos pero nunca llegar a la magnitud del horror. Nos da pie para imaginar, comprometiendo entonces la ética de la imagen para un perceptor que se quedará en lo visible o lo convertirá en icono, pero que, en todo caso, no será la verdad.

El arte como cauce propicio para transmitir el mensaje. El arte como representación, que esencialmente lo convierte en algo ajeno a la verdad, el arte como comunicación. Comenzando la tercera década del siglo XXI se constata la evidente fascinación por la cuestión, a la vista del ingente e inagotable material cultural relacionado con el tema, del más variado rigor, calidad y pelaje, en el que inconscientemente creo subyace el asombro por el hecho de que Alemania, la cultura que junto con la griega y la  italiana del Renacimiento, encarnan las cumbres del espíritu humano, se convirtiera en el instrumento perpetrador de la barbarie más pura y destilada por un enfoque de eficiencia técnica asombroso.  

Yo que he estado en contacto intenso con la cuestión casi desde crio y desde muy variados puntos de vista, si tuviera que elegir lo que entiendo más se debería acercar al horror real del Holocausto, me quedaría con la trilogía de Primo Levi, con  El Hijo de Saúl o las nueve horas de "Shoah" de Claude Lanzman.  Esas obras, esa representación de lo sucedido (negación del ser y la verdad), me transmiten más que el horror, el sinsentido, más que el sufrimiento, el delirio. La acción sin motivo o el azar convertidos en la más exquisita tortura. La supresión de la identidad, de la reflexión, de la humanidad antes del exterminio físico.  





 

domingo, 12 de enero de 2020

Mis libros 2019




























Relación de libros leídos a lo largo de 2019.  Teniendo en cuenta que no soy un lector rápido, todos los frentes en los que combato y que evidentemente, por razones académicas, he dedicado mucho tiempo a leer bastante más en forma de artículos y partes de muchos otros libros,  no es mala cosecha. Duermo poco, eso sí, pero no hay nada que me guste más que los libros, para mí bastante más que una afición. 

Iba a escribir algo sobre cada uno, incluso me he puesto a ello, pero he visto que me llevaría demasiado tiempo; cuando tienes que estudiar, todo lo que se va más allá de una hora, es demasiado tiempo. Tal vez cuando termine exámenes, edite y añada al menos una frase sobre cada libro.

Mis dos mejores, los de arriba. 


1. "Ordesa" (Manuel Vilas) (1/20). 

2. "El cuaderno gris" (Josep Pla) (1/20). 

3. "Terra Alta" (Cercas) (12/19). 

4, "Tiempo de magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929" (Wolfram Eilenberger) (12/19).  .

5. "Arquitecturas pintadas. Del Renacimiento al XVIII" (Beatriz Fernández) (12/19). .

6. "Un Odisea" (Daniel Mendelsohn) (12/19). .

7. "Comentarios a la Ley 9/2017, de Contratos del Sector Público" (Álvaro Canales, Justo Alberto Huerta) (12/19). .

8. "Arqueología de la Biblia. Nuevo Testamento" (VVAA) (1/20). 

9. "Nuevo Testamento " (VVAA) (12/19). 

10. "Museos del mundo: Rijksmuseum" (VVAA) (11/19)

11. "Sidi" (Reverte) (11/19). 

12. "Museos del mundo: Museos Vaticanos" (VVAA) (11/19)

13. "El fatal destino de Roma" (Kyle Harper) (11/19). 

14. "Africanus, el hijo del cónsul" (Posteguillo) (11/19). 

15. "Guerra y paz" (Tolstoi) (10/19). 

16. "Museos del mundo: Ermitage" (VVAA) (10/19)

17. "Museos del mundo: Prado" (VVAA) (9/19)

18. "Marco Aurelio. Una vida contenida" (Fernando R. Genovés) (9/19). 

19. "Peña de Francia: historia, arte, entorno" (Ángel Pérez Casado, Alfredo Encinas Martín) (8/19)

20. "Relección sobre los indios" (Francisco de Vitoria) (8/19)

21. "De visita a la Catedral de Ciudad Rodrigo" (Historia ilustrada) (Alberto Dávila, Joan Miquel Sala, Teresa Sánchez) (8/19)

22. "Yo, Julia" (Posteguillo) (8/19)

23. "Historia y arte de Portugal" (Ramón Villares) (8/19)

24. "El mundo clásico: una breve introducción" (Mary Beard y John Henderson) (8/19)

25. "Tratado Derecho Administrativo y Derecho Público General: Contratos del Sector Público" (Santiago Muñoz Machado) (6/19)

26. "Historiografía del arte" (Antonio Urquízar) (6/19)

27. "El modelo veneciano en la pintura occidental" (VVAA) (7/19)

28. "Museos del mundo: Louvre" (VVAA) (6/19)

29. "Museos del mundo: Galería de los Uffizzi" (VVAA) (7/19)

30. "Una historia de España" (Pérez Reverte) (7/19)

31. "La Guerra Civil contada a los jóvenes" (Pérez Reverte) (7/19)

32. "La Guerra Civil española" (Stanley G. Payne) (5/19)

33. "Imperiofobia y leyenda negra" (Mª Elvira Roca Barea) (4/19)

34. "Hanna Arendt. La política en tiempos oscuros". (Cristina Sánchez Muñoz) (4/19)

35. "Museos del mundo: National Gallery" (VVAA) (4/19) 

36. "Como los hijos de Atticus" (Rebeca Jerez) (4/19)

37. "Los asesinos del emperador" (Santigo Posteguillo) (4/19)

38. "Las siete vidas de Alberto" (Víctor Esteban) (4/19) 

39. "Spinoza, la filosofía al modo geométrico" (Joan Solé) (4/19)

40. "Jerónimo Prieto, un pintor de taller" (VV.AA.) (4/19)

41. "La Guerra Civil española" (Paul Preston) (3/19)

42. "Rubaiyat" (Pessoa) (3/19)

43. "La belleza encerrada" (Varios autores) (3/19)

44. "La mirada de Roma. Retratos romanos de los museos de Mérida, Tolouse y Tarragona". (Varios autores) (3/19)

45. "A sangre y fuego" (Chaves Nogales) (2/19)

46. "Un museo de curiosidades. Guía alternativa MNAR Mérida" (Rafael Sabio González) (2/19)

47. "Schopenhauer. El pesimismo se hace filosofía" (Joan Solé) (2/19)

48. "Rembrandt en la memoria de Goya y Picasso" (Varios autores) (2/19)

49. "Venancio Blanco" (Varios autores) (2/19)

50. "Goya. Caprichos, Desastres, Tauromaquia, Disparates".  (Sigrum Paas-Zeidler) (2/19)

51. "La edad de la penumbra" (Catherine Nixey) (1/19)

52. "Esparta contra Atenas" (Juan Carlos Moreno Delgado) (1/19)

53. "Alejandro el Conquistador" (Josep María Casals) (1/19)

54. "Mérida Cristiana" (Isaac Sastre de Diego) (1/19)

55. "La gran aventura de los griegos" (Javier Negrete) (1/19)

56. "La España vacía" (Sergio del Molino) (1/19)

57. "La imagen de la ciudad en la Edad Moderna" (Alicia Cámara, Consuelo Gómez) (1/19)

58. "La perspectiva esencial. Minimalismos en la colección Helga de Alvear "VV.AA." (1/19)

59. "Las claves del mundo actual. Una historia global desde 1989" (VVAA) (1/20)

60. "Imágenes del poder en la Edad Moderna" (VVAA) (1/20)

martes, 10 de diciembre de 2019

Sidi, centauros del desierto estratégico del duero



Creo no equivocarme en que Sidi es el primera pieza en la construcción de un proyecto de mitología de frontera de Reverte,  un entramado con un poderoso referente en mente, el de otra frontera y espacio construidos a  partir de otro relato mítico, el del western.

En alguna entrevista a Reverte le escuché la referencia a  ese imaginario tan importante para los que tenemos ya una edad. Toma de la historia una figura y  un fenómeno, el Cid y la Reconquista, que nosotros mamamos de una pieza, para cuestionar su solidez e integridad. Poco que se lea y reflexione, poco que  interese eso tan de moda llamado Historia,  se ha de ser consciente de que mucho ha de haber de cuento, poco de realidad, pensar lo tramposo de esa relación tan falsa e inhaprehensible entre el hecho y la verdad. Otro tema es el de si un niño  puede desprenderse de la pátina de las historias que le dan forma mientras crece, porque honestamente pienso que mi Cid del colegio puede que nunca me abandone, puede que eso fuera una forma de traición que, de alguna forma, me dejara desamparado.

No es así pero podría serlo porque las señas son las mismas, y además a mí me sirve para darle un título gracioso al artículo, el que el escenario se circunscribiera a esa amplia franja que durante siglos fue un peligroso territorio de una frontera que se movía al compás de las guerras, nunca de una guerra de Reconquista, que por aquí se conoce técnicamente como "Desierto estratégico del Duero". Mal sitio para vivir, bueno para tentar a la fortuna, lo mismito que la  que ocupaban indios, colonos, pistoleros y séptimos de caballería


La novela  novela porque de eso se trata, de imaginar, se parte de un cimiento que es el cuidado contexto histórico que se le supone a este autor , en el que se sitúa un personaje aglutinador a su pesar, alrededor del que giran todos los demás personajes y acciones. No es ensayo, no es historia, así que me ahorran cuestionamientos de ese tipo que no vienen al caso.

Leo novela, especialmente histórica, por las noches antes de dormir, porque ya estoy muy cansado y  ya no tengo la cabeza para la densidad hardcore habitual; simplemente se trata de seguir enganchado a mi mayor vicio hasta el final del día, hasta que no puedo más, metiendo en vena  ya solo dosis de baja intensidad. Soy seguidor de los artículos de actualidad e históricos de Reverte porque le reconozco arte y gracia para contar su indignación ante el intolerante y cargante Sanedrín, coincidiendo últimamente casi en todo, lo que me empieza preocupar, o tal vez sea simplemente cosa de la edad. También le he leído muchos libros, sobre todo los relativos a episodios históricos concretos, que me permiten acercamientos ligeros a épocas que sin embargo sé documentadas, sin la exigencia del articulo o el ensayo. También es verdad es que nunca lo he valorado literariamente, pero no me duelen prendas en reconocer, que aún no siendo redondo en este sentido, me ha sorprendido este Sidi. Tal vez porque vengo de Posteguillo, tal vez porque me ablando con los años,  pero hay pasajes que, descriptiva y narrativamente ,me han parecido brillantes, sobre todo antes de algún combate, con cotas para mí desconocidas en el autor.


Al final me quedo con un íntimo misterio, puede que hasta buscado por Reverte, al que le escuché, con una honestidad no habitual en el gremio, que él en el fondo siempre tira del mismo personaje. Y es que  a ese tipo valiente porque no le queda otra, serio, responsable, contenido, sensato y sobre todo franco consigo mismo y con los demás, a pesar de indumentaria de caballero medieval, le pongo el rostro de otro tipo serio con el que crecí. Al principio del libro nuestro Rodrigo, a cuenta de lo de mandar su parte de botín  al rey Alfonso,  dice algo así como que solo se puede servir a un señor en la vida, lo que me parece más que un guiño de Reverte a otra frase del Ethan de "Centauros del desierto" cuando, tras la derrota de su bando sudista, afirma resignado en su triste regreso, que un hombre solo puede hacer un juramento en su vida.  Es lo que hay, la dignidad, el último refugio; en aquellos tiempos y en estos aún más, eso te proporciona el temple de un héroe. 

jueves, 18 de julio de 2019

Las siete vidas de Alberto



Ahora que tengo un poquito de tiempo estoy recuperando ideas y material de hace un tiempo. Esta es la presentación de hace tres meses del libro de mi amigo Víctor. 

LAS SIETE VIDAS DEL CREADOR CREADO


(Presentación “Las siete vidas de Alberto”, libro de Víctor Esteban)

La vida es novela y la novela vida. La vida se soporta, se encara, se pelea. La vida se recorre, se aparca,  se revuelve. La vida no se detiene. La vida se construye, se enreda y se pudre, se curte y se nutre. La vida mata. Pero sobre todo la vida se hace. Se hace en forma de camino, la metáfora más obvia. La siguiente podría ser la de río, que yo prefiero porque introduce un factor de ingobernabilidad que creo se ajusta más a ese enfrentarse al siguiente amanecer en el que todo parece posible. Es ese río omnipresente el verdadero núcleo de esta novela, es ese rumor latente el que apela y advierte a Alberto, nuestro protagonista.  

Las  novelas retratan la vida y cuentan desde la vida. La vida que todos conocemos, la que nos resulta más familiar, la que siempre tiene más grietas y da más revolcones que alegrías y esperanzas, más temores que ilusiones, más desengaños que conquistas, a la que se responde desde la amargura, la lucha o el resentimiento. Se trata de un subterfugio el de la fábula para acercarse a la verdad, una historia para contar la verdad de nuestra historia,  unos personajes de teatro, nosotros mismos, para contar el teatro como vida.

“Las siete vidas de Alberto” tiene su punto de partida en circunstancias y elementos exteriores, en ambientes condicionantes, pero es sobre todo  un retrato de interiores. Interiores cuyo desajuste con la dimensión externa de lo consciente o inconscientemente perseguido, provoca distorsiones, obliga a imposibles, a intentar volver a dar pasos pasados. Esa atenazante imposibilidad que a medida que nos acercamos a la caída del telón, ha de convertir el escenario en una cada vez más sobria puesta en escena que nos advierte de que mejor sería prescindir en la parte final del camino de casi todo lo considerado valioso hasta entonces.  Es el “no habrás llegado hasta que todo lo hayas perdido” del otro Machado, de Manuel.

La vida a través de una novela, a través de un artificio que pone en pie un universo de nombres inventados contando lo que el autor ordena. Esa orden refleja un orden, microcosmos que funciona en la medida que refleja nuestra realidad o que aporta no propiamente otras realidades, sino otra forma de ver las realidades. Capacidad propiamente humana la de crear y captar la atención de otras miradas que atienden y entienden, que responden con empatía, con  dolor, con comprensión o éxtasis; entonces, si el autor cuenta con la pericia para elegir la estrategia adecuada, se invita al lector a caminar por sus pasillos, les llega lo pretendido, convertirse por unas páginas o  unas horas en cada personaje, en este caso en nuestro inquieto y por momentos abrumado Alberto.

Para ello es esencial elegir la mirada, el punto de vista, saber mirar. Todos sabemos mirar pero durante nuestro discurrir vital, nuestro crecer, durante ese rio que atraviesa la novela de parte a parte, nos ocurre algo, mucho o poco de lo que le sucede también a Alberto, que dejamos de ver, que dejamos de preguntarnos, de intentar comprender. Ahí es justo cuando nos reconocemos e identificamos con sus dudas y remordimientos, cuando se opera el milagro y la novela funciona.

Víctor sabe mirar y nos ofrece una visión que solo puede ser suya. Aunque en el libro se lee que uno de los requisitos de la supervivencia consiste en no mirar atrás, ¿nos basta con sobrevivir? La reflexión nace fruto del tiempo y el mirar atrás. Estos meses de gestación y parto de la novela han coincidido para Víctor con un tortuoso tránsito vital entre  formas de vivir. Difíciles meses de vulnerabilidad, propicios bien para replegarse, bien para desnudarse mostrando dudas y debilidades. Víctor opta por compartir y acompañar, también por dejarse acompañar por Alberto, su criatura espejo que le sirve a él y al futuro e inquieto lector para preguntarse y continuar. Los hay que piensan que no haya otra forma de estar en el mundo que el preguntarse, que si no fuera aprender, a qué alcanzaría el existir.

Aprender es volver la vista atrás y rastrear otras huellas y miradas; también nuestra propia mirada, más sabia, iluminar con nueva luz lo visto y vivido, descubrir lo común, lo reconocible en tantas inquietudes, deseos y miedos, para después destilar lo propio, lo elevado, lo abstracto. Ver sorprendido lo hasta entonces recorrido y la señal de su cauce, como si todo lo dicho hubiera estado escrito mucho tiempo antes y surgiendo una duda terrible: ¿dónde mi libertad? ¿Nuestro mañana también serían cauces que engañados creemos camino? ¿La libertad quimera? Después, el desasosiego, después, la escritura, después, el libro. Al final el lector que al otro lado asiente o disiente.

Todas las vidas de Alberto comienzan con una muerte, real o figurada, todas comienzan con el dolor porque todo fin es un principio, porque un principio solo cabe tras un acabarse siempre traumático y sanador. Eso que llamamos naturaleza no es más que el orden  subyacente, terco y milagroso que nos lo muestra en todo momento, pero no queremos verlo. La naturaleza acompaña todo el periplo de Alberto y solo frente a ella se reconoce y recupera algo de calma.

Tiene más fuerza la normalidad, la que nos devora, la que parece el objetivo final del existir humano, la que siempre llega a través de procesos más o menos acusados de degeneración hasta la estación final, la del autocuestionamiento previo al autoconocimiento. Qué soy yo, quién es Alberto, quién es Víctor. La conclusión tantas veces desoladora es que nos definimos a través de nuestra relación con lo otro, sea el ambiente, sea el otro. Y casi siempre resulta difícil filtrar esa ascendencia tutelar tan necesaria como a veces asfixiante.

Me gustan esos bruscos cortes de la novela, esos cambios de situación, esa suerte de estaciones en la vía, que precisamente funcionan por lo reconocibles que resultan, que roban al ser humano ese peligroso y excitante don de imprevisibilidad que atesoramos antes de la madurez. Mas la fantasía dura bien poco y basta la posibilidad no ya de vivir de otra forma, sino de ver la vida de otra forma, para que nazca el estigma del inadaptado.

Pudiera pensarse que las polémicas y frustrantes decisiones de tratar de buscar la esencia del vivir, de seguir un camino propio solo surgieran  fruto del egoísmo, fermentadas en soledad,  mas lo que  en  el fondo  sobrevuela toda la novela es el amor, el amor a lo que somos, el amor al ser humano. Es la continua reflexión sobre encontrar en el otro lo que se busca, sobre saber  ofrecerse en el sentido correcto, captar el trampantojo de la realidad, asomar la cabeza fuera del escenario para  vislumbrar por unos instantes las butacas y el apuntador. El amor más que nada en la maternidad, principio y fin de todo. El amor elevándose en una de las descripciones más afortunadas del libro, en el beso junto al río, cuando se obra el milagro de poner al mismísimo amor en tres palabras: “puedes contar conmigo”. Es la verdadera esencia, el estar juntos, todo lo demás accesorio, pero la vida traiciona la promesa cuando a aquel susurro se le adhieren lastres extraños imposibles de descoser.

Hoy en día nos sentimos más libres que nunca pero la culpa y la pena social siguen cumpliendo su función, es difícil sustraerse a la condena del que opta por no continuar en la carrera. Y en eso, Víctor observa a Alberto sin juzgarlo, le tiene simpatía pero entiende las razones de los que no lo comprenden, dejando a criterio del lector el que construya su propio concepto de éxito o fracaso.

Porque  cuando Alberto triunfa socialmente, cuando lo consigue, cuando llega a la meta, su vida vacía ha merecido la pena; es el  capítulo de mayor dinamismo y dramatismo, el que muestra algo de nuestra baqueteada España. Tal vez por sabido, por contado, por reciente, sigue indignando y afectando, quizá  por ser testigos de tantas víctimas y victimarios, tal vez por aún aguardar la justicia poética que alivie y castigue, más sabiendo los nombres de cada uno de los verdugos. Es el poso de denuncia social en una historia íntima.

Justo entonces aparece la clara voz interior de Alberto encarnada en Manuel, cartografiando no ya  los desvelos de Alberto sino  los de toda una sociedad que receta ambición mal entendida en forma de avaricia, retroalimentada e insaciable, valiosa moneda comúnmente aceptada en nuestro mundo.

¿Qué es la mediocridad, la necesidad, el conformismo? Nos bastaría con que cada cual se enfrentara íntima y honestamente a estos conceptos tan aparentemente accesibles, tan inaprehensibles en verdad. Conocer desde una sana educación, desde nuestra única arma, un pensamiento crítico que no descanse jamás, que no se adocene en prejuicios que nos definan, para entender esas grandes palabras y ser, entonces sí, incómodamente libres desde el continuo cuestionamiento de quien se es en cada momento.

Resulta cómoda la ominipotente y omnipresente mentira desde la amenazante certeza de la muerte,  seguir el camino del adormecimiento, capitulando con la excusa de que no cabe liberación de nuestra propia naturaleza, de nosotros mismos. Sin embargo el ser persiste en existir conforme a su naturaleza, y la libertad precede a la esencia según el clásico dogma existencialista, nosotros nos creamos a nosotros mismos, y esa esencia es la del propio camino, la de la búsqueda, el destino del ser humano, aunque sepamos con certeza que no ha de haber respuesta, que la pregunta es la misma respuesta a la forma correcta de vivir que persigue Alberto, la forma de sobrevivir de Alberto.

Acabo con palabras mayores, que dudé si incluir porque precisamente vuelvo a tirar de ellas en el prólogo del libro de Rebeca, una reflexión sobre el tiempo humano,  que  siendo parar mí una suerte de divisa personal, creo se ajustan con precisión a la peripecia de Alberto. Palabras del mago Borges, capaz de retratar en un par de líneas el bello y triste destino de ser hombre:

“Nada está construido en piedra; todo se construye sobre arena, pero hay que construir como si la arena fuese piedra”.

Ahí está todo, no hay más.

Aprestémonos a ello y todo adquirirá sentido. Solo el fin nos regala un principio.

Alberto sabía que siempre hay una vida más por elegir. 


domingo, 27 de septiembre de 2015

La chiflanópolis o el tratado del pedo o el pearse


Entre las aficiones preferidas de Abril se encuentra la de sacar los libros de las estanterías y tirarlos por el suelo. Así fue como descubrí un pequeño libro de Susana que me llamó la atención: "La Chiflanópolis de Ciudad Rodrigo o ventosa mirobrigense" de Lorenzo Cid Bravo, "El cura Cid" (1876). Edición preparada y prologada por un pariente lejano del autor -sobrino era su bisabuelo-, nuestro afamado José Ramón Cid Cebrián, que primeramente nos presenta al "Cura Cid", el cual más parece personaje literario que real, ya que, aunque efectivamente era cura de profesión, más cuestionable era lo de la vocación, debido a su terca inclinación al vicio y la vida mundana, motivo de continuas reprensiones de sus superiores. Personalidad que también se pone de manifiesto a través de sus aficiones literias, en escritos y versos brillantes, muestra de agilidad, gracia y talento, puesta al servicio de un peculiar el tema, eso sí, el del pedo o el pearse.Tratado en toda regla donde se acometerá definición, contribución, división, necesidad, importancia, origen y consonancia, utilidad, escala, reglas y sinfonía, efectos y pruebas, confirmación, ejemplos y conclusión.

Aquí dejo muestra de este opúsculo -a fe mía que nunca escogí término más apropiado-. Buenas risas llegarán, supongo primera y última intención de este preclaro autor mirobrigense a reivindicar.

"Entre tanto yo mi pluma
De humilde Cisne dedico
A festejar las delicias
Del tras-poniente orificio;
Los aromas, que despide,
Y perfumes, que respiro."

"Es el pedo un aire corrompido,
Que el ano expele en condición precisa,
Trasmitiendo su efecto, más que aprisa,
Antes a la nariz, que al buen oído."

"Por la regla general
capítulo catorcero,
Todo pedo huele mal; 
Peor, si es de culo ajeno"

"Ni el respetable Papa,
Ni el Monarca en su trono, (es cosa cierta)
De esta ley no se escapa:
Y cuando el pedo llama y dice: alerta...
Obedecen y al punto abren la puerta".

"¿Dónde has oído sin asombro justo
Que al resonar el viento de la cueva
Estos sientan vergüenza, miedo o susto,
Aquellos risa, gracia y alegría
Y a unos cause placer, y a otros disgusto? "

"De nuestra airosa cuestión
El principal fundamento
Consiste en la posición
Del ano, y el excremento"

"Y en fin, es ley general,
Que todas las criaturas,
Al fullarse, huelan mal;
Y en silencio sepulcral
Dejen las nalgas a oscuras".

"Y si se enfada un tercero,
O desespera al oírme,
Le responderé altanero:
Camaradita, no quiero
Por daros gusto, podrirme."

"Lector, si no me equivoco,
El Do... natural darás,
El Re... aprentando algo el tras,
Y Mi... si cierras el foco:
El Fa... flojándolo un poco,
El Sol... con el culo abierto,
El La... con sonido incierto,
El Sí... candando el trasero:
Y si dejas un bisbero
Darás el fullón perfecto"

domingo, 22 de marzo de 2015

¿Por qué bibliotecas? Buscando mis razones



“Siempre ha habido analfabetos, pero la incultura y la ignorancia siempre se habían vivido como una vergüenza. Nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida, de no importarle nada que pueda oler levemente a cultura o que exija una inteligencia mínimamente superior a la del primate. Los analfabetos de hoy son los peores porque, en la mayoría de los casos, han tenido acceso a la educación; saben leer y escribir pero no ejercen. Cada día son más y el mercado los cuida más y piensa más en ellos. La televisión cada vez se hace más a su medida.  Las parrillas de los distintos canales compiten en ofrecer programas para una gente que no lee, que no entiende, que pasa de la cultura, que quiere que la diviertan o que la distraigan aunque sea con los crímenes más brutales o con los más sucios trapos de portera. El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría. Todo es superficial, frívolo, elemental, primario, para que ellos puedan entenderlo y digerirlo. Esos son socialmente la nueva clase dominante aunque siempre será la clase dominada, precisamente por su analfabetismo y su incultura, la que impone su falta de gusto y sus morbosas reglas. Y así nos va a los que no nos conformamos con tan poco, a los que aspiramos a un poco más de profundidad, un poco más, hombre, un poquito más, joder”.

Son palabras de  Jesús Quintero, el presentador de televisón,  extraídas de un vídeo que  compartí hace unos días en internet. Fellini expresa un sentir similar de una forma más contundente y contenida: “La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”.

Partiendo de una idea básica, la de que me parece perfectamente legítima la decisión de vivir prescindiendo absolutamente de libros, probablemente una apacible forma de existir en muchos sentidos, decidí utilizar este texto para, desde él, ofrecer o construir argumentos para  proponer otro camino, o al menos, para no abandonarlo, el camino de los libros, de las historias, de la literatura. 

Desde la premisa socrática de que todo el mundo se revela inteligente cuando se le trata como si lo fuera, buscar esas razones no era más que exponer las mías y para eso, qué mejor que aprovechar esta oportunidad, la necesidad de escribir unas líneas para celebrar la inauguración de una biblioteca y examinar algo de mi tránsito vital junto a ellos, los libros, entender la naturaleza de mi relación; algo que hasta me apetecía, sobre todo porque esta charla la escribiré a medias, entre yo y muchos de esos magos alquimistas de palabras que pasaron por mis manos página a página, que se convirtieron en parte de mí, que son mucho de mi vida.

Es algo que a veces se olvida, para comenzar, nada como el principio. Y desde el principio, como dice Millás, alguien nos toma en sus brazos y comienza a amasarnos con palabras. Pero voy al siguiente principio, para mí más importante, el que nos define como hombres, el de la consciencia como capacidad para vernos y reconocernos a nosotros mismos y juzgar sobre esa visión y reconocimiento. Para mí, el rasgo definitorio de un hombre, es el de ser capaz de sentir y expresar un simple “Yo soy”. Muy cercano, uno de los momentos más trascendentales de nuestra existencia, el más importante para Vargas Llosa que dice que aprender a leer es lo más importante que nos sucede en la vida.

Casi todos mis primeros recuerdos,  está unidos al agua: al de acequias entre naranjos, al sucio olor de la desembocadura del Júcar, a la brisa del Mar Mediterráneo. El agua que inunda toda mi infancia y las historias, las de esa facultad propiamente humana, la de contarlas, la de escucharlas, son las mías a su vera. Pero había otras, las recogidas en los pequeños, coloridos y absurdos cuentos que llegaban cada martes de manos de mi tía Cristina, cuando nos visitaba en su día de permiso en el hotel en el que trabajaba. Cuentos como “Pulgarcito”, “El gato con botas” o “El flautista de Hamelín” que me apresuraba a leer en el parque mientras devoraba el tigretón que completaba el presente de mi tía.

El resto de la semana, tocaba esperar. Porque en mi casa no había libros y eso, aunque yo no lo sabía, podría ser una espada de Damocles cerniéndose sobre mi cabeza según Edmundo D´Amicis, que advertía que el destino de mucha gente depende de tener o no tener una biblioteca en el hogar paterno. Mis padres habían trabajado desde muy jóvenes y habían estudiado lo justo. Sí recuerdo el primer libro de mi casa, uno de fábulas y leyendas de Leonardo da Vinci, que probablemente llegó al hogar fruto de la habilidad de algún vendedor a domicilio de los que se estilaban por entonces, tocando la tecla adecuada en la negociación con mi madre: mi educación, el bien, el futuro del crío. Porque mis padres sí tenían algo claro, ellos no habían podido, pero sí querían que su hijo estudiara y aprendiera, y no escatimarían medios en ello. Por eso, mucho más tarde entendí que accedieran a caprichos de adolescente como caras ediciones en varios tomos de Historia de España o Historia Universal o aceptar formar parte del Círculo de Lectores, donde también descubrí algún gran libro. No puedo estar más que agradecido, porque solo años después entiendes el esfuerzo que para ellos supuso. A lo que iba,  leía y releía aquel libro de Leonardo, pero no era capaz de entender aquellos pequeños relatos en una edición de lujo con dibujos que tampoco acababan de encandilar a un crío tan pequeño. Yo sabía que algo buscaba, buscaba comenzar, pero no sabía por dónde, como me pasaría  varias veces en la vida, aunque tenía lo más importante, un extraño anhelo: la pasión por conocer.

Después llegaron los tebeos, “El guerrero del antifaz”, “Mortadelo”…, aunque a mí los que más me gustaban eran una colección que creo que se llamaba “Novelas Ejemplares” donde se contaba en dibujos la vida de algún personaje histórico o se interpretaba algún clásico de la literatura. En el colegio también había libros donde en apenas una página se contaba algún episodio de la Ilíada o de la gloriosa historia de España, a tono con los estertores de una época demasiado larga, que a mí me dejaban siempre con ganas de más. Pero sí hay uno que marcó un antes y un después: un número especial del Jabato, uno de los gordos. Se trataba de un enfrentamiento entre soldados romanos y cartagineses, en una ciudad, si mal no recuerdo, llamada Baal. Creo que ahí está el germen de mi pasión, ya perfectamente retratada porque no solo quería emocionarme de igual forma, sino que quería saber más y como no tenía acceso, volvía a leer aquel ejemplar –que por cierto, he perdido-, una y otra vez, seguro más de cien. Se trata de algo muy similar a lo que me ocurrió cuando descubrí la música de verdad con Springsteen a los 14 años. Necesitaba saber más, escuchar más pero, en aquellos años, no había otra forma que  hermanos mayores de amigos. Tocaba volver una y otra vez a “Downbound Train”.

Pero allí estaba la biblioteca como oasis reparador para el sediento, la que sigo visitando hoy, porque además para mí es un espacio en el que me siento especialmente bien, porque su soledad y silencio –a veces problemático, más para el abuelo gruñón de hoy que olvida al adolescente tocapelotas de ayer-, fueron bálsamo en la etapa más complicada de mi vida, cuando hace unos años la redescubrí como tiempo perdido. Cuando valiéndome del olor de los libros, el mismo de antaño, como pasaporte para retrotraerme a un pasado sino feliz, sí inconsciente,  porque siempre se describe feliz lo lejano, cuando nuestro horizonte vital  se presenta diáfano. Por razones distintas, entendí aquello que contaba Borges, que para él el paraíso vendría a ser como una especie de biblioteca.

Allí se inició una larga cadena, un puente que une todos los años mis  mi vida, estructurada en varias etapas en las que fui calmando la comezón que me producía mi ansia por saber, por conocer más, donde han estado y están las novelas, pero mucho más: la historia, la música, la política, la filosofía o la teología, desde las novelas chungas de Sven Hassel combinados con sesudos ensayos sobre la Segunda Guerra Mundial que nos convirtieron en unos expertos niñatos algo pedantes, y que, por citar algunos de los más significativos, por influencia a veces reñida con la calidad, sigue con Frederick Forsyth, Robert Graves, Kundera, Tom Wolfe, Stefan Zweig, Savater, Tolstoi, Nick Hornby, hasta llegar a alguno de mis favoritos  de hoy como Norman Mailer, Grossman, Philip Roth, Cercas o Celine.

Capítulo aparte es el de los libros obligatorios en la escuela y, sobre todo, el instituto, pie para reflexionar sobre su idoneidad para el fomento de la lectura. Los primeros, “Requiem por un campesino español” y “El Camino”, marcan, claro, porque además son muy buenos y porque fueron recomendados y explicados por el mejor maestro de mi vida, Don Luis, al que ya dediqué un artículo. Después, muchos clásicos, algunos que a día de hoy, supongo ya no  visitarán las aulas o no deberían,  ya que soy de la opinión de que se han de buscar otras propuestas y no obligar a chavales a enfrentarse con páginas para las que no están preparados, que no pueden comprender porque les quedan muy lejos por formación y mentalidad y que pueden provocar el efecto contrario al buscado: la huida. No solo a libros que me mandaron llegué demasiado pronto, también me ocurrió con otros muchos que decidí afrontar sin las armas suficientes, sin haber vivido, en fin, y que más tarde me tocó revisitar o que aún están pendientes de una lectura adecuada. Pero también es cierto que gracias a mis profesores llegué a muchísimos descubrimientos que me abrieron mundos enteros como Cela o Unamuno, y que, por encima de todo,  plantaron la semilla de la curiosidad, que me obligaron a memorizar unos datos de la historia de la literatura de los que sigo tirando para seleccionar mucho de lo que leo. Me metieron más ganas de las que aún tenía, me abrieron nuevas puertas.

Todo ello, gradualmente, me fue suministrando mi patrimonio más valioso: mi educación. Educación en su acepción de  forma de respeto y saber convivir y en la de muchos conocimientos, nunca suficientes. Porque, a diferencia de lo que se pudiera pensar, no me proporcionaron certezas sino todo lo contrario, me hicieron abandonar todas las que se tiene cuando se es joven y arrogante. Hasta lo que, a grandes rasgos, podría considerar un boceto de mi ideología, se fue difuminando, se convirtió en un arcano, ya que la valoración de la realidad, excepto la más cercana, conectada o dependiente de mí, se trastocó en ardua empresa difícil de rematar, más en un mundo repleto de voces interesadas, donde no existe una información que no se presente sesgada. Ahora apenas tengo cuatro principios a los que aferrarme porque de todo dudo y a veces me pregunto de qué sirve leer tanto. Yo, que sé que el más claro signo de madurez, el de ser un verdadero hombre, es una capacidad crítica seria y fundada, me siento demasiadas veces en un callejón sin salida sin ser capaz de pronunciarme a pesar de tener cada vez más elementos de juicio. Ya decía Montaigne “Saber mucho da ocasión de dudar más” y esta es una gran verdad, no porque yo sepa mucho, sino porque sé algo, sé que al final,  casi todo depende de un grupo de hombres honestos y decididos.

Sin embargo, sí hay algo que  he sacado en claro, y es que, ante las fuerzas que se ciernen de continuo sobre la vida del hombre que es el existir, “habitar en la brecha” que define Hannnah Arendt, la banalidad del mal, y por consiguiente su prevalencia, puede y debe ser entendida en relación con la pérdida de la capacidad para juzgar, que debemos defender nuestra dignidad y condición de ciudadano, porque según Savater está clara la diferencia con el súbdito: éste se pregunta qué le va a pasar mañana, aquél, qué va a hacer.

Una buena medicina para prevenir esos excesos cotidianos que sufrimos a diario, los de los integristas –y no me refiero solo a los que ponen bombas, también los hay que solo escriben en periódicos-, porque un integrista, como escribe Frossard, es aquel que hace la voluntad de Dios siempre, lo quiera Dios o no, o para entender que el verdadero  fracaso del hombre es su incapacidad para entender lo diferente que cuenta Kapucinski.

Cualquier camino es bueno para llegar a la lectura. El best seller, identificándolo con el libro malo, porque también hay libros comerciales que se venden a millones y son muy buenos, puede ser una opción, por qué no; no olvidemos el dicho de que  no hay libro tan malo que no tenga algo bueno. A mí me quedan lejos porque fui subiendo escalones y ya, en general, no me interesa nada que no esté bien escrito, porque además, al ser incapaz de leer deprisa, me hace seleccionar rigurosamente, conociendo de antemano  la condena que me aguarda: la de saber que hay cientos de libros, entre ellos clásicos que sé que me encantarían, que puede que incluso cambiaran mi forma de ser, a los que nunca podré llegar. Pero a lo que iba, la discusión sobre buen o mal gusto, me aburre. Ya me pasé demasiados años de mi vida discutiendo sobre qué era buena música, básicamente a lo que yo le daba el plácet. Hoy ya no entro el trapo. Todo va bien, por supuesto también la novela gráfica, que puede que a mí me llegue ya demasiado viejo, ya hombre de costumbres malamente arraigadas. Aun así, he leído unas cuantas;  por ejemplo “The Watchmen” o “Mouse” me gustaron mucho.

También llegué a libros por películas. Si no recuerdo mal, solo en tres ocasiones he leído un libro después de ver una película: “Soldados de Salamina” de Cercas, uno de mis autores españoles favoritos, “Las vírgenes suicidas” de Eugenides y Trainspotting de Irvine Welsh. Son esas grandes películas tras las que intuyes una obra aún mejor que en ningún caso decepcionaron. Tras salir del cine, no me quedó otra que  ir tras el  texto madre, después de sentir el puñetazo inicial de Trainspotting, o cómo articular un párrafo poderoso y contundente a través de una imagen, una música y un montaje brillantes. Para siempre unido a la carrera de un desmejorado y lúcido Ewan McGregor desgranando en su peculiar inglés de Escocia, mucho de lo sórdido que es vivir hoy, en poco más de un acelerado minuto:

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige una jodida gran televisión. Elige lavavajillas, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige buena salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige el bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver “teleconcursos” que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida. ¿Por qué querría eso?”

Motivos para leer  más prosaicos, la lectura como un placer, que aunque alguno, escéptico, tuerza el gesto, puede hasta convertirse en adicción y por primera vez, y esperemos que por mucho tiempo, una adicción barata, porque siempre hay vías accesibles para hacerse con libros, como el motivo que hoy nos reúne o ediciones de bolsillo que te proporcionarán muchos buenos ratos a un precio de risa si colocas en la balanza tiempo y euros. Es imposible no entrar en una librería y no encontrar un libro barato que te aguarde, que seguro te gustará y te contará algo de lo que buscas. Aunque puede que seas de los que sientas  que no lo necesitas, que hoy escuchas toda la información que hace falta para vivir, pero acaso se te escape mucho de lo importante. María Zambrano decía aquello de que hay cosas que no pueden ser dichas pero sí escritas.

A la vista de mi experiencia, podría darte razones para leer algo más abstractas. Leer para encontrarte, para caminar con quien eres, para disponer de todos los elementos posibles a la hora de tomar esas decisiones que marcan una vida, para elegir conforme a tu naturaleza, esos  libros que alimentan o despiertan nuestra vocación y nos avisan de nuestro destino, que escribe Ortega. Sin embargo, no soy buen ejemplo. Será porque leo despacio, pero cuando fui consciente de cuál era mi razón de ser, puede que fuera demasiado tarde y me tocó empantanarme en una vida académica y profesional que literalmente me machacó, con materias, jornadas, relaciones y presiones que poco tenían que ver con mis dotes, sensibilidad o intereses. Porque la vida parece inofensiva hasta que duele y una buena forma de construir es desde nuestra percepción, desde nuestros sueños o corazonadas, muchas de ellas interiorizadas desde las páginas de nuestros libros, también páginas de nuestras vidas. Dice Ana María Matute que el mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida, porque acaba siendo verdad. Tal vez por eso, desde chaval, me gustó construir parte de mi realidad con trozos de irrealidad, los que me suministraban la música, los libros o las películas porque puede que haya algo de cierto en la sentencia de T.S. Elliot, la de que el hombre no puede soportar demasiada realidad o la de Manuel Rivas: “La mirada literaria sirve para ensanchar, en todas las dimensiones, el campo de lo real”, y es que, para algunos, la realidad a veces no sea suficiente, o simplemente, de alguna extraña forma, asfixie. 

Para salir a la superficie, para escapar o  encontrarse: el libro, el prodigio,  porque, según Borges, “De los instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; los demás son extensiones de su cuerpo. Solo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. 

Porque leer es, en cierta forma, por un tiempo descabalgar la realidad para volver a ella tras cerrar el libro. Como decía Cortázar: “De un buen libro se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación”

Antes decía que  en casa de mis padres no había libros. Hoy soy padre y  mi casa está repleta de ellos y Abril, mi hija, tendrá mucho donde escoger, pero soy realista y sé que la posibilidad de que sea uno de esos felices muertos en vida que señalaba al principio de la charla Quintero es muy real, porque reconozcámoslo, la de nuestros libros viene a ser una batalla condenada al fracaso si se ha de vencer a la distracción inmediata y accesible, la que no exige esfuerzo, la de las pantallas omnipresentes. Mas se trata de una de esas románticas guerras sobre las que tantas veces hemos leído en nuestras páginas preferidas y merece la pena la lucha, hasta para mí que reniego de las grandes causas e ideales que siempre decepcionan, porque, aunque la guerra está perdida, se han de ganar batallas y capturar prisioneros que acabarán combatiendo en nuestro exiguo bando, prietas las filas. Perseverar es el “Ábrete, Sésamo” de efecto retardado. Al final es una cuestión de ética la de respetar no solo nuestros principios, sino la de defender lo útil, y si se hace la siembra, las semillas, pocas o muchas, germinarán, bastando para mantener el fuego encendido. Porque hay que creer en la frase de Steinbeck cuando decía que nada que sea bueno de verdad se escapa o se pierde. Y es que como decía André Gidé, “Ante ciertos libros, uno se pregunta: “¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas, se encuentran”. Basta creer en lo increíble, en la magia de la frase de Cortázar: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.

Insisto, hace un rato comentaba que  ya que Borges decía aquello de que el paraíso debía ser una especie de biblioteca, celebremos que inauguramos una biblioteca, que se abre otra pequeña puerta a lo inexplicable, e invitemos a todos a cruzar su umbral. 

El famoso poema de William Blake decía  “Si las puertas de la percepción se depurasen,
Todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito”. Leer es abrir esas puertas, buscar ese infinito que obsesionaba a Blake, una forma de perseguir la trascendencia, el misterio que a veces intuimos.

Tras todo este texto minado de citas, voy acabando con una casi última que solo puedo elegir hoy a la luz de todo lo vivido- leído, páginas y páginas que me han llevado a un lugar donde me siento cómodo, que sé que no es aún el final porque nunca se ha de llegar, pero que en cierta forma define lo que busco y parte de lo que encontré. Lo curioso es que  probablemente fue escrito por una persona que nunca había leído un libro, pero que sí sabía leer en todo lo que le rodeaba, entender la naturaleza y sus ritmos,  Seguro ambos caminos largos y tortuosos, el de los libros y el de la intemperie. La frase, sensor de casi plenitud, es la de un sabio pastor escrita en su bastón, recogida por Carlos Medina en su libro sobre el arte popular de los pastores salamantinos:

“Soy hombre honrado y feliz y tengo buen corazón, llevo vida descansada y me suelo entretener en decorar mi cayado”, emparentada con otra de Nikos Kazantzakis “Nada espero, nada temo, libre soy”, aunque este tiene su gracia, porque es el epitafio que eligió para su tumba.

Porque la felicidad que hoy nos venden como algo alcanzable a la vuelta de la esquina, prospero sector editorial, por otra parte, tal vez se alcanza de forma distinta a como nos cuentan. Tal y como contaba Kierkegaard, esa puerta de la felicidad se abre hacia adentro, que hay que retirarse un poco para abrirla, que si uno empuja, la cierra cada vez más, porque los remeros se acercan al barco remando de espaldas, no de frente. Y ahí están los libros, como unos benditos remos ardientes a los que aferrarse:
“Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar” (De “Leolo” de Jean Claude Lozon)
“El hombre que lee debería estar intensamente vivo. El libro debería ser una bola de fuego en su mano” (Ezra Pound).

Ahora sí, ahora termino con algo más “elevado”, al menos académicamente, puede que con la antítesis de la frase de nuestro pastor, con las palabras de un tipo raro que le daba demasiadas vueltas a la vida y sus cosas: Pessoa, valiéndose de su heterónimo Ricardo Reis, y un par de versos finales capaces de provocar algo de vértigo:

"Aguardo, ecuánime, lo que no conozco,
mi futuro y el de todo.
En el fin todo será silencio, salvo
donde el mar bañe la nada".

Y en estas páginas, claro,  falta la referencia con mayúsculas, tan de disparatada actualidad, acorde con la “insania” del gran prohombre de nuestras letras. Y no me digan si después de todo lo que han escuchado, mucho no le ha parecido cosa de locos, mas se ha de ser comprensivo ya que los libros son el mejor motivo para perder la cabeza, perseguir sueños  y luchar contra los molinos de la realidad.