No sobrevive el más fuerte sino el que mejor se adapta al
cambio. Esa máxima darwiniana, ya puesta en práctica en un inesperado Mundial
2019 –en cierto sentido más fácil que un europeo donde todos los rivales son de entidad-, se mostró
ayer en todo su esplendor tras la consecución del Europeo. Tenemos buenos
jugadores, no los mejores, pero sí el mejor equipo. Y si vencen es porque creen
que pueden, porque creen en ellos mismos
y en sus compañeros, porque la historia les obliga a competir y porque puede
haberlos que luchen tanto pero nunca más.
Aunquesea opinión
común lo de echarle huevos, los títulos no se ganan solo con coraje. La
sensación de solidez percibida por ellos mismos y por sus rivales, la
convicción de antaño de que el guion de cada partido lo escribía España y de que solo de
ellos dependía que descarrilara el
desenlace previsto volvió a aparecer en los asaltos decisivos. Y esa
convicción o temor pesa, especialmente en una final, especialmente con Francia,
interiorizado el miedo a perder con España una vez más.
Sobre el ascendiente de España sobre el rival planea otro
ascendiente, el de una magistral dirección técnica que lució especialmente en el colapso
final de Lituania con las defensas alternativas. Scariolo ejerciendo de gurú ya
nimbado de gloria –dato importante por el complejo asociado al que espera el
combate- transmitiendo la ya ancestral
fórmula de una camiseta que perdona perder pero no darse por vencido, no dejar
de competir. Scariolo, el maestro, el sabio, elige la forma y las armas que unos singulares guerreros sin ego acatan sin
dudar, tanto en la victoria como en la derrota. Sin embargo, en el fondo siempre se trata de lo
mismo, solo se trata de compromiso, solo se trata de creer que podemos hacerlo una vez
más.
“Oh,
Musa, canta la cólera de Aquiles, hijo de Peleo”
Así
comienza la Iliada, así comienza la historia de la literatura cuando se fija por
escrito lo que se transmitía oralmente. Así comienza casi el espíritu
occidental, con la cólera del héroe, lo que por otra parte resulta bastante
significativo.
En
esencia ese verso describe qué es “The Last Dance”, el repaso, a partir del
último anillo de aquellos míticos Chicago Bulls, de la gloria y la cólera del héroe
sobrehumano. Jordan es Aquiles y el adjetivo de mítico nunca fue tan bien
traído. A Aquiles se le ofrece vivir feliz pero elige la muerte temprana a
cambio de la inmortalidad de la fama eterna .Odiseo encarna otro arquetipo
humano, el que rechaza la inmortalidad ofrecida por la bella ninfa Calipso para
regresar a Ítaca y envejecer y morir junto a su imperfecta y humana Penélope.
El
espíritu de competición es una herencia que procede directamente de la Grecia
antigua y clásica, no solo en el ámbito deportivo sino también en el bélico o
en el político, aunque supongo que este tipo de cuestiones que
explican nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos, dado el clamoroso
desprecio por las Humanidades reinante, dejarán de interesar o simplemente
conocerse hasta para la gran mayoría de futuros titulados de nuestras
universidades. A Jordan le define su espíritu de competición, solo entiende el
vivir como pelea para ser reconocido como el mejor.
Más que
un canto épico al uso de la hazaña deportiva, el documental de diez capítulos
articula la narración en un desarrollo admirable por los continuos enganches emocionales
que mantienen en vilo al espectador. El precio de la fama aquí no es la vida
del héroe, sino el buen nombre del buen hombre. El lado turbio de una figura
sobrehumana por sus dotes atléticas que se presenta antipática y egocéntrica,
tanto para sus compañeros de viaje como para el propio espectador. Demasiadas
sombras.
Un lado
interesante del prisma es ese inesperado instante en que ya no hay nada que
demostrar porque se ha ganado todo, qué mueve al héroe durante ese impasse en
el que desaparece su razón de ser; ahí se sitúa el chocante apagón de la
temporada y media dedicada al béisbol. Es entonces cuando se pone de manifiesto
el lado más oscuro de Jordan, cuando surge un modo de pensar y de actuar algo inquietante,
la necesidad de reparación del ultraje,
ejemplificada en la magnífica escena en la que simula golpear un bate
de béisbol con un puro en la boca al más puro estilo Al Capone, mientras habla
de una ofensa, real o inventada, por parte de una futura víctima sobre la cancha
como única motivación para la próxima victoria. Y es que cuando a la bestia ya
no le basta el espíritu de superación porque todos reconocen que nadie está a
su altura, cuando la fiera sestea, necesita otro combustible, precisa de la
cólera que despierte su despiadado modo de operar sobre la pista.
El
momento clave de la serie es el final del capítulo siete. Él reflexiona, sabe
que su papel es cuestionado por sus compañeros más o menos explícitamente, que
no existe la palabra amigo en el equipo. Sin embargo, creo que tanto ellos como
él aceptan que era el único camino para formar un equipo legendario, que casi
seguro sin esa malsana tensión constante, no lo habría sido tanto. Hasta en las
críticas de sus compañeros se destila el orgullo de haber formado parte de aquel
grupo de elegidos para la gloria. Jordan se justifica: cree que esa
sobreexigencia era el único camino para el triunfo que él buscaba, ser el mejor
de la historia, y que por otro lado, jamás les pidió ningún sacrificio que él
no estuviera dispuesto igualmente a ofrecer. Se justifica, sí, pero la duda la
abate en forma de lágrima y en una orden dirigida a la cámara: “Break”. Ahí
está el atractivo de la serie, ahí está todo, en ese segundo, la grieta en la
convicción que ha conducido una vida.
Desde
otro punto de vista, desde principio a fin está su baloncesto. Tuve la suerte de
vivir esos años en una edad perfecta, los veintitantos, pero a lo largo de la
serie, cuando se van sucediendo esos cientos de jugadas y momentos decisivos, la leyenda que yo ya
había construido en mi cabeza se agiganta aún más. Acostumbrado a ver los
jugadores excepcionales que disfrutamos en la actualidad, reconoces que lo que
él nos regalaba era algo más difícil de explicar y apreciar cuando sucedía; que
esa fuerza, armonía y precisión, sabiamente evolucionada con los años, encarnaba la
más pura belleza, la misma que ofrece el salto de la bailarina de ballet, el
Cristo exánime en manos de la Piedad, la rueca de las Hilanderas. Era arte.
Lo que
cuenta “The Last Dance” es el precio que tuvo que pagar por nacer encadenado a
un talento y una pasión descomunales y asfixiantes. Puede que estemos hablando
de simplemente deporte. O no. Siempre lo digo: kilómetros y libros vienen a ser lo mismo. Durante el
camino solo hay soledad Y cada uno tiene su camino, cada uno sus victorias y
derrotas. Jordan y todos los demás, cada uno de nosotros, los mortales.
Una gran y sorprendente noticia por desarrollarse en Florida, uno de los epicentros de la pandemia, el regreso de la NBA. Tal vez un proyecto demasiado ambicioso que a saberse cómo acaba.
Mientras se pueda aliviaremos calores y restricciones disfrutando de tal vez no el mejor baloncesto, sí de los mejores jugadores, sin duda uno de los mayores espectáculos del mundo.
Un recuerdo para los grandes ausentes, esos Warriors que marcaron una época, un equipo legendario que revolucionó la forma de entender el juego -que pasa por mucho más que solo tirar triples-, y que tuvieron la chulería de hasta sacrificar un anillo por un record para mí increíble a la vista del nivel de la liga, las 73 victorias en la liga regular de 2016
Vamos a ello, a ver un rato merendando un plato de gourmet, ese Lakers - Clippers, que lamentablemente ya sé cómo acabó, con una canasta ganadora de Lebron (también era previsible). Hasta ese minuto disfrutaremos de la lucha, el compromiso y la inteligencia de un deporte de precisión. Porque la poesía siempre busca precisión
Pongamos que hablo de trabajar en común en una dirección.
Pongamos que hablo de solidaridad sin dobleces.
Pongamos que no importe el yo, que solo nos sirva el éxito
del grupo, que si no empujamos todos, no cuenta.
Pongamos que cada palabra de ánimo, compromiso y confianza mutua, no albergue ni duda ni trastienda.
Pongamos que llegar a
lo más alto, aun sabiendo el camino o precisamente por saber el camino, sea más
complicado que nunca.
Pongamos que pocos crean en ti.
Pongamos que la única respuesta sea trabajo y compromiso.
Pongamos que no baste, que se necesite ser serio, ser listo, ser otro; cambiar tus formas de hacer, de afrontar cada batalla porque ya no eres el mismo, porque te volviste más viejo pero más duro, más débil pero más tenaz.
Pongamos que el nombre escrito sobre el pecho de tu camiseta exija más que a los demás, que eso dificulte
parte del camino.
Pongamos que, al tiempo, ese mismo nombre facilite parte del camino.
Pongamos que haya mucho de cierto en esa misteriosa energía fluyente desde lo hecho oscuramente con
esfuerzo y paciencia.
Pongamos que la única alegría pura sea la merecida.
Pongamos que por una vez el discurso sea real, que lo que se
dice es, que no exista miedo a conocer la verdad, que la fuerza del vínculo que se transmite sea tal, sin puntos débiles, sin rémoras.
Pongamos que hablo de lo bien hecho, por ser bien
concebido y ejecutado.
Pongamos que no hubiera importado no haberlo conseguido
porque nada hay que reprochar a lo bien dispuesto.
Pongamos que hablo de sueños.
Pongamos que hablo de corazón.
Pongamos que hablo de España.
Pongamos que hablo de ponerse esa camiseta cada día.