"Ulises queda libre, desembarazado de la peor amenaza posible en la vida de un hombre -después del olvido de su identidad- : el olvido de su propósito.
Por ahora, llora a su país perdido.
"(...) y se iba su dulce existencia consumiendo, esperando partir".
Fundamento del pensamiento griego en general, y de la enseñanza homérica en particular: todas las desgracias sobrevienen al hombre por no estar en su sitio, y el sentido de la vida consiste en devolver a su lugar lo que de él se ha sustraído.
Regodearse en la voluptuosidad con "una maravillosa ninfa" no vale nada si el precio es arrancarte de tus tierras.
Recordemos las palabras de Karen Blixen en "Memorias de África": "Estoy donde debo estar". "En la vertical de uno mismo" añadiría la campeona de escalada Stéphanie Bodet.
Para un griego la buena vida se disfruta en su propia tierra. La Odisea es el poema del regreso a uno mismo; a uno mismo y al hogar".
“Oh,
Musa, canta la cólera de Aquiles, hijo de Peleo”
Así
comienza la Iliada, así comienza la historia de la literatura cuando se fija por
escrito lo que se transmitía oralmente. Así comienza casi el espíritu
occidental, con la cólera del héroe, lo que por otra parte resulta bastante
significativo.
En
esencia ese verso describe qué es “The Last Dance”, el repaso, a partir del
último anillo de aquellos míticos Chicago Bulls, de la gloria y la cólera del héroe
sobrehumano. Jordan es Aquiles y el adjetivo de mítico nunca fue tan bien
traído. A Aquiles se le ofrece vivir feliz pero elige la muerte temprana a
cambio de la inmortalidad de la fama eterna .Odiseo encarna otro arquetipo
humano, el que rechaza la inmortalidad ofrecida por la bella ninfa Calipso para
regresar a Ítaca y envejecer y morir junto a su imperfecta y humana Penélope.
El
espíritu de competición es una herencia que procede directamente de la Grecia
antigua y clásica, no solo en el ámbito deportivo sino también en el bélico o
en el político, aunque supongo que este tipo de cuestiones que
explican nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos, dado el clamoroso
desprecio por las Humanidades reinante, dejarán de interesar o simplemente
conocerse hasta para la gran mayoría de futuros titulados de nuestras
universidades. A Jordan le define su espíritu de competición, solo entiende el
vivir como pelea para ser reconocido como el mejor.
Más que
un canto épico al uso de la hazaña deportiva, el documental de diez capítulos
articula la narración en un desarrollo admirable por los continuos enganches emocionales
que mantienen en vilo al espectador. El precio de la fama aquí no es la vida
del héroe, sino el buen nombre del buen hombre. El lado turbio de una figura
sobrehumana por sus dotes atléticas que se presenta antipática y egocéntrica,
tanto para sus compañeros de viaje como para el propio espectador. Demasiadas
sombras.
Un lado
interesante del prisma es ese inesperado instante en que ya no hay nada que
demostrar porque se ha ganado todo, qué mueve al héroe durante ese impasse en
el que desaparece su razón de ser; ahí se sitúa el chocante apagón de la
temporada y media dedicada al béisbol. Es entonces cuando se pone de manifiesto
el lado más oscuro de Jordan, cuando surge un modo de pensar y de actuar algo inquietante,
la necesidad de reparación del ultraje,
ejemplificada en la magnífica escena en la que simula golpear un bate
de béisbol con un puro en la boca al más puro estilo Al Capone, mientras habla
de una ofensa, real o inventada, por parte de una futura víctima sobre la cancha
como única motivación para la próxima victoria. Y es que cuando a la bestia ya
no le basta el espíritu de superación porque todos reconocen que nadie está a
su altura, cuando la fiera sestea, necesita otro combustible, precisa de la
cólera que despierte su despiadado modo de operar sobre la pista.
El
momento clave de la serie es el final del capítulo siete. Él reflexiona, sabe
que su papel es cuestionado por sus compañeros más o menos explícitamente, que
no existe la palabra amigo en el equipo. Sin embargo, creo que tanto ellos como
él aceptan que era el único camino para formar un equipo legendario, que casi
seguro sin esa malsana tensión constante, no lo habría sido tanto. Hasta en las
críticas de sus compañeros se destila el orgullo de haber formado parte de aquel
grupo de elegidos para la gloria. Jordan se justifica: cree que esa
sobreexigencia era el único camino para el triunfo que él buscaba, ser el mejor
de la historia, y que por otro lado, jamás les pidió ningún sacrificio que él
no estuviera dispuesto igualmente a ofrecer. Se justifica, sí, pero la duda la
abate en forma de lágrima y en una orden dirigida a la cámara: “Break”. Ahí
está el atractivo de la serie, ahí está todo, en ese segundo, la grieta en la
convicción que ha conducido una vida.
Desde
otro punto de vista, desde principio a fin está su baloncesto. Tuve la suerte de
vivir esos años en una edad perfecta, los veintitantos, pero a lo largo de la
serie, cuando se van sucediendo esos cientos de jugadas y momentos decisivos, la leyenda que yo ya
había construido en mi cabeza se agiganta aún más. Acostumbrado a ver los
jugadores excepcionales que disfrutamos en la actualidad, reconoces que lo que
él nos regalaba era algo más difícil de explicar y apreciar cuando sucedía; que
esa fuerza, armonía y precisión, sabiamente evolucionada con los años, encarnaba la
más pura belleza, la misma que ofrece el salto de la bailarina de ballet, el
Cristo exánime en manos de la Piedad, la rueca de las Hilanderas. Era arte.
Lo que
cuenta “The Last Dance” es el precio que tuvo que pagar por nacer encadenado a
un talento y una pasión descomunales y asfixiantes. Puede que estemos hablando
de simplemente deporte. O no. Siempre lo digo: kilómetros y libros vienen a ser lo mismo. Durante el
camino solo hay soledad Y cada uno tiene su camino, cada uno sus victorias y
derrotas. Jordan y todos los demás, cada uno de nosotros, los mortales.