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lunes, 24 de agosto de 2026

Travesía de Irueña: nadar cinco horas contra la inexorabilidad


 







Cuando el viernes le dije a Abril, mi hija de 12 años, que esa tarde iba a hacer 200 largos en la piscina (5 kms.), como entrenamiento previo y determinante para mi tentativa del domingo de completar los casi 11 kms de río entre el Castro y la Presa de Irueña, me preguntó: ¿Por qué lo haces?


A estas alturas un servidor va poco más allá del deporte salud pero en los años salvajes, cuando nos dedicábamos a cruzar a menudo los límites, era normal  enfrentarse a la dichosa pregunta: ¿Por qué esas locuras, por qué sufrir?

Sigue siendo válida, tal vez ahora más que nunca, la socorrida respuesta de Mallory (realmente la escribió Petrarca en el siglo XIV a cuenta de su entonces verdaderamente insólita ascensión al Ventoux) sobre los motivos para arriesgar la vida escalando montañas: “Porque están ahí” o el manido lema de nuestro Ironmanu: “Si te lo tengo que explicar es que no lo vas a entender”.

Hace años que mi paradigma vital es otro, tanto por falta de condición física como de disposición espiritual, retroalimentándose ambas razones. Sin embargo confieso que conservo latente la pulsión por el gran reto, por la muesca en el curriculum, por el recuerdo de la lucha, por atesorar la íntima victoria de haberlo intentado y  conseguido.

Y justo ahí se me quedó esta aventura nadadora, en la ya siempre postergada agenda de los anhelos cada día más difusos, una llamada que cada verano se escuchaba más lejana y a la que  respondía, más que con ilusión, con la triste aceptación de la renuncia a la que te somete lo imposible. Íntimas derrotas convertidas por la edad en hábito. 

Hay un periodo en la vida, al menos así le percibo yo, en que se comprende en toda su extensión la voracidad que acompaña al término inexorabilidad, esa consciente aceptación de que algo que estuvo  al alcance ya se encuentra para siempre fuera de nuestras posibilidades, no por la magnitud de la empresa, sino por el lento pero constante declive físico. Consciencia a la que paradójicamente se llega de forma repentina e inesperada, como un salto vital que bruscamente arrebata los sueños de vencer lo imaginado.

Sin embargo este año, a la habitual pregunta de cada julio: ¿Y por qué no intentarlo? No le sucedió la usual serie de motivos asociados al sentido común, sino que, partiendo de una miserable base de entrenamientos de kilómetro o kilómetro y medio en piscina, me lancé a fijar una fecha que por razones de agenda, me parecía propicia, un plazo improrrogable que bien sé por experiencia, es el mejor combustible para una puesta a punto acelerada. Una fecha a una semana vista para hacer un entrenamiento intensivo que no fue el previsto, pero que tampoco anduvo muy lejos, y que sobre todo implicó el de una sesión de cinco kilómetros ya referida para tratar de encarar con una mínima garantía el reto. Esta sesión la terminé seriamente acalambrado  en gemelos y pies, no en isquios (el contratiempo más difícil de gestionar dentro del agua), pero precisamente esa adaptación era la que buscaba, sabiendo que estos problemas de hoy me llevarían algo más lejos durante el reto. También tenía claro que, favorecido por el neopreno que permite  dejar flotando las piernas, batiría lo imprescindible, para que los calambres tardasen en aparecer lo máximo posible.

Fueron dos entrenamientos de dos kilómetros, uno de tres el jueves y el de cinco el viernes, distancia que por otra parte, era mi máxima en natación en mis tiempos de triatleta. El intento sería el domingo. Para los profanos señalar que la natación es un deporte en el que  la memoria del cuerpo actúa rápidamente y puedes ir creciendo progresiva y rápidamente en las cargas de entrenamiento sin acumular demasiado cansancio de un día para otro; entiéndaseme, estoy hablando de la experiencia de un mal nadador en el que su único objetivo es completar la distancia tratando de mantener un ritmo crucero sostenible.

Cuento algo de la aventura, aunque los que en tiempos me leían saben que soy más dado a la reflexión sobre la experiencia que al propio relato de la misma, pero también sé que hay lectores que disfrutan de los detalles.

En la mañana de autos mi punto de partida es el que es y la familiar tensión  previa a un reto de entidad se ve aumentada por la consciencia de saber que mi entrenamiento es muy pobre, lo que ya me pone de manifiesto antes de comenzar Agus CiegoSabino, indispensable asistente acompañante en piragua, que como a posteriori corroborará, confía poco o nada en mi éxito, estando más preocupado sobre cómo haremos para salir de en medio de la nada cuando me dé por vencido.

Esa tensión e inseguridad previa son caminos recorridos hace tiempo, mas la música me sigue sonando y lo tomo como antaño, intentando relajarme y concentrarme antes de salir de casa y cuando ya estoy en la fase previa de la preparación logística, ir paso a paso sin darle vueltas a temores o pensamientos negativos, tal y como hago en los exámenes. “Sé valiente y la fuerza acudirá en tu ayuda”, susurra Goethe.

Cuando comienzo a nadar todo está demasiado lejos, pienso en cinco, seis horas por delante y analizo mis sensaciones, que no pueden ser buenas por el exceso de autoanálisis de cada efecto del esfuerzo en mi cuerpo, en mi respiración, en mis músculos, que ya anticipo falsamente resentidos y pesados con la primeras brazadas. No me noto fácil, pero trato de olvidarme, sé que son predisposiciones mentales, alimentadas por la inseguridad.

Las referencias en el fondo, más en natación donde no ves nada más que la fugaz orilla al respirar, son fundamentales. Aquí referencias pocas, te centras en nadar, tratando no pensar en nada y seguir adelante, lo cual a ratos se vuelve bastante duro, pero hay que reconocer que es la natación la que mejor representa la monótona esencia del fondo por la falta de estímulos, un reto inabarcable en sí mismo.

La primera referencia, el primer hito es el puente entre Robleda y Fuenteguinaldo, en torno a 2.5 kms, cuya aparición supone un gran estímulo. Mi primer objetivo es tratar de llegar a mi distancia límite en natación, los cinco kilómetros, para después tratar de afrontar lo que para mí es terra incognita sobre la respuesta de mi cuerpo. Cuando de vez en cuando le pregunto a Agus cuánto llevo, suele ser algo menos de lo que pienso pero nada alarmante. Hasta esos cinco kilómetros hay unos virajes por el río poco reconocibles, muy uniformes, mentalmente duros. Sin embargo la llegada del kilómetro cinco, acompañado de la lejana visión del puente grande, desde donde ya se ve la presa, el final, es un subidón total.

“¡Thalassa! ¡Thalassa!¡El mar! ¡El mar!” gritaba el ejército de Jenofonte tras recorrer su propia odisea en territorio enemigo persa. La vista del puente me hizo casi sentir algo así en mi interior, una gran alegría, aunque era evidente que una estructura tan enorme tardaría en acercarse, como ocurrió, exactamente 3 kms, de los que guardo el mejor recuerdo de toda la prueba. Muy animado creo que entre el 5 y el 8 fue cuando nadé más “rápido”.

Sin embargo el último tramo, el que va desde el puente (km. 8) hasta el final fue el más duro. Se me hizo muy largo, entiendo que porque las distancias engañaban, pero especialmente porque ya estaba agotado y un ligero viento que levantaba unas olillas me molestaba demasiado, teniendo la sensación de que no avanzaba nada y me encontraba en las últimas. También es cierto, que sorprendentemente con pocos amagos de calambres en piernas para lo esperado; nada serio.

Llego al final de la carretera vieja, el Agus me dice lo que yo quiero escuchar, que si lo dejo ahí, el reto queda homologado. Le pregunto cuánto llevo, me responde que 9.600 metros. Le digo que no, que a pesar de que estoy hasta los mismísimos, voy a seguir, porque ya a estas alturas, por los menos hay que completar la cifra redonda de los 10 kms. En realidad me falta aun otro kilómetro más hasta la presa, tramo que recorro malamente, cerca de la orilla donde el agua parece más tranquila hasta que pongo pie a tierra y contento, me quito ese dichoso y deteriorado neopreno que me acompañó durante tantos años en el triatlón y al que ahora, si acaso, devuelvo a su medio una vez al año.

Estoy machacado pero feliz. El proceso de volver a buscar la furgoneta a la salida, recoger la piragua, todo bajo un calor del demonio, se me hace cuesta arriba. Subir la piragua desde el pantano me muestra bruscamente mi debilidad (ligero mareo), pero prima la satisfacción.

Cada vez que cruzaba ese puente con el coche y ante la ingente masa de agua sin fin pensaba que nunca lo intentaría. Resulta que ahora sí, que ahora contaré mil veces a familia y amigos la misma historia, de cómo venía de allá tan lejos y lo que me costó llegar. La batallita, todo por la batallita.

Un curioso final. Durante la siguiente semana Abril me dijo que había completado su primer kilómetro en la piscina (40 largos). Entonces yo le pregunté: ¿Por qué lo haces?

Datos:

10,650 kms.

4 horas y 44 minutos.

Me pesé cuando llegué a casa: 67 kgs (normalmente me muevo sobre 70), seguro todo producto de la deshidratación (meaba marrón marrón).

Combustible: un plátano, una torta de arroz con chocolate, un aquarius, un Red Bull y un gel.

domingo, 14 de febrero de 2021

Hacerse un Jano, una nueva forma de jaramugada. Puerto de Casares.

 


Visto que al calendario de carreras no se le ven posibilidades reales de consolidación durante los próximos meses.

Visto que tampoco parece muy responsable lo de hacer convocatorias públicas para entrenamientos en grupo, aunque como parece que el tema está un poquino mejor que hace unas semanas, se podría plantear el volver a quedar el grupino de antes de Navidad.

Teniendo uno ganas de enredar y fijarse algún tipo de reto que altere el rutinario entrenamiento diario durante los próximos meses.

Como Secretario del Club Jaramugos y Jumentos, en el uso de mis atribuciones,

RESUELVO

Primero. Aprobar un nuevo tipo de jaramugada consistente en elegir un puerto de montaña y proceder a su ascensión una vez en bici, otra corriendo.

Segundo. Denominarlo Jano en recuerdo al rostro bifronte del dios de la mitología romana.


En mi caso siempre subiré primero en bici y después corriendo porque se me da bastante mejor patear que pedalear, sobre todo si voy tostado; también porque no dispongo del tiempo que exige este deporte para funcionar como se debe y se puede. 

Decidí empezar por uno de los más asequibles, el puerto de Casares de Hurdes, que no sé cómo se llamará en realidad. Poco que contar, subida en bici sin problemas y ascensión a pie, alternando carretera y camino, según Dios (Jano, se entiende) me daba a entender. Paisaje y tiempo excepcional para completar un entrenamiento, que aun sin grandes tormentos, me dejó suave. A repetir.


Y como hoy se trataba de un espléndido domingo de Carnaval, aunque sea yo más afrancesado que auténtico farinato de RH reconocido, tocó reponer con huevos con farinato.

martes, 8 de diciembre de 2020

Destilar los 42 kilómetros del Risco de Martiago a La Canchera



No se trata de relatar sino de destilar. Inmanente a la esencia del reto es el fracaso, el temor al fracaso. Sobre esa tensión se construye la resistencia. Está la distancia, está el tiempo y estás tú, sumergido en soledad. Una apuesta: 42 kilómetros de media montaña en diciembre. No cabe engañarse, no cuando solo se escucha el íntimo murmullo de corazón y  pulmones. La larga distancia no es más que soledad y diálogo interior desplegados durante algo más de cuatro horas y media. Soledad en la que valerse de armas cinceladas durante muchos años, en la que  interpelar a cuerpo, mente y espíritu, en la que confirmar o desmentir temores, proyecciones y esperanzas  Los kilómetros se suceden, el tiempo transcurre y la tensión cede a mejor o peor. La puesta en común, el reconocerse en el sentir del otro, el compartir es una variante que en principio se antojaría accesoria, que siendo ajena al propio hecho de la lucha individual, se transforma en determinante. Su explicación se escapa pero se constata un día más convertido en una gran mañana de invierno. La experiencia compartida como verdadera experiencia. Pasen estos tiempos raros y  cedan a la que se prevé  cegadora luz de los días en que volvamos a reconocernos y celebrar juntos las montañas.

martes, 20 de octubre de 2020

Ultrajumento o cómo encarar malamente (o al modo jaramugo) la crisis de los cincuenta


 GLOSARIO PREVIO

Ultraman. Prueba deportiva que algo tiene pero no es triatlón. Se desarrolla durante tres días conforme  al siguiente esquema, disponiendo de 12 días horas cada día para completar la prueba: Día 1: 10 kms de natación y 145 de ciclismo. Día 2: 274 kms de bicicleta. Día 3: 84 kms de carrera a pie. Hay que situarse en un contexto extraño al profano donde el prefijo (ultra-,iron-) o el complemento (extrem, limit) define el prestigio de una prueba y del chalado que la completa, el finisher en la jerga.

Jaramugada: Competir por competir, pero disfrutando en la superación. Cuanto más lejos y mayor dureza, mejor. No hay dolor. Semper finisher. A la gloria atravesando la adversidad. Puede equivaler en ocasiones a machada muchas veces gestada en la orilla del río entre amigos mientras suena Cash. Si no hay prueba a la que acudir, se inventa". (Definición de "Jaramugada" por el Doctor David Diego)

Crisis de los 50: Hay unos síntomas psicológicos asociados a esta crisis; como pueden ser principalmente los de depresión, alteraciones emocionales, irritabilidad más frecuente que de costumbre y una pérdida de la autoestima.

Durante mis tiempos salvajes, empezaba a sonar aquello del ultraman, aunque no recuerdo  que  ya se organizaran pruebas en España. La cosa tentaba pero parecía mucho pan pa la perrina, hasta cuando casi nada nos parecía inalcanzable.

Varios años después abandoné el deporte por completo, me dediqué a estudiar a lo bruto –todo a muerte-, hasta que un día advertí algo extraño, algo que podría definir como perder el control de mi cuerpo. Acostumbrado a lesiones o secuelas del ejercicio físico, detecté otro tipo de taras que me parecían más peligrosas e inexplicables, fruto de la simple inactividad. Entonces lo asociaba a la afirmación de Damasio, vía Spinoza, de la mente como idea del cuerpo, como función de las representaciones cerebrales del cuerpo. No mucho pero en algo se relacionaba con cómo veía yo aquel asunto; y es que algo echaba en falta, y es que  aquello no iba bien.

A cuenta de ello, de un par de años a esta parte regresé al redil del deporte cotidiano, sin grandes volúmenes, pero  constante. Conozco muy bien mi cuerpo y después de meses de entrenamiento cruzado (natación, ciclismo, carrera) este verano no me vi lejos de dónde lo había dejado, me sentí fuerte y me apetecía probarme. Entonces decidí volver a competir en al menos un par de carreras de gran exigencia al año (En 2019 Medio Ironman de Salamanca y Desafío Doñana) para también seguir una preparación previa que me estimulara y me exigiera afinar.

Ahora me apetecía competir aún más, pero este año no hay carreras, así que volví a la idea de aquellas locas jaramugadas que hilábamos entre cervezas en tiempos. Ahora que bebo poca cerveza volvió la idea del ultraman. Evidentemente, si no me consideraba preparado en mi mejor época física, menos me iba a atrever ahora (para afrontar un reto de ese tipo con garantías hay que andar más suelto en la vida, con menos obligaciones: el buey solo...) así que pensé en un medio ultraman: 5 kms de natación y 75 de ciclismo el primer día, 140 kms de ciclismo el segundo, el maratón (42 k ms.), el tercero. Lo que viene siendo un ultraman para flojos.

A todo ello se unió mi reciente cincuenta cumpleaños que casi me invitaba valorar qué estaba perdiendo sumando años. Un reto algo patético y pueril, lo reconozco, pero factor ineludible, soy sincero.

Durante pandemias no caben convocatorias para hacer alguna parte en compañía, con la gran ayuda que implica ese estímulo, solo comprensible para miembros de la parroquia, así que tocaba afrontar el reto en soledad, lo que también constituía un obstáculo-estímulo añadido, para qué nos vamos a engañar. Tocaba lidiar con la larga distancia como mandan los cánones, desde ese diálogo interior que busca tantas veces infructuosamente, razones en el abismo del agotamiento.

Desde que comencé los 5 kilómetros de natación (200 largos) albergaba la duda de si no tendría problemas para completar el primer escalón del reto para casi abandonar antes de comenzar. Había hecho entrenos de 3 kilómetros pero no había ido más allá, y lo cierto es que la distancia solo la había completado una vez en mi vida, en una travesía en el Pisuerga. Pero el neopreno que habría utilizado en el río (hubiera sido lo suyo, pero por varias razones no acabó de cuadrar la aventura en el final del verano) fue mano de santo. Pasados los 100, mentalmente todo fue restar y animarse. (2 horas y 11 minutos)

Los 75 de bici se me atragantaron al final por el aire en contra de vuelta y porque venía más tostado de lo que yo pensaba (28 de media), pero seguíamos en carrera. Ahora se trataba de comer y descansar para el día siguiente.

El domingo los 140 kms de bici los completé camino de Salamanca, con bastante suerte con el aire, con buena mañana pero acabando con el culo pelao de tanto rodar. En los recorridos llanos vas más rápido pero yo tengo querencia por las carreteras de monte (27,5 de media). Sí me noté algo cansado al principio –tal vez solo fuera  predisposición mental-, pero me animé al girar, aunque también llegué con la reserva y con esa mala cara que cada día confirmaba para su espanto mi santa al volver a casa.

Quedaba el maratón, sí notaba el cuerpo cansado, lo suyo hubiera sido elegir un asequible perfil plano de asfalto pero decidí tirar hacia Fuenteguinaldo por la cañada, con lo que prácticamente vas ascendiendo desde casa por un recorrido precioso. Sí he tenido la impresión de que gasté más energía de la cuenta con tanta cuesta y con tanto aire en contra, aunque hay que reconocer que el vendaval de culo bien que se agradeció de regreso, llegando a casa con todo el cuerpo dolorido,  jodido pero contento, como en los viejos tiempos (4 horas y ocho minutos). Y hoy mejor recuperado de lo esperado.

Objetivo cumplido, gratamente sorprendido de casi poder hacer lo mismo que antaño, pensando en retos inventados y en alguna carrera oficial cinco estrellas, de las que lucen en el curriculum. Valoraremos cuando acabe la pesadilla.

En alguna ocasión escribí sobre qué mal llevaríamos el declive físico los que gustábamos de estas locas aficiones. Bien, parece ser que aún no es la hora. No sé por cuánto tiempo, pero sigo manteniendo el control, decido qué quiero hacer, lo hago, no pudiendo estar más que agradecido por este sorprendente e inmerecido privilegio.

Bien, se trata solo de disfrutar, la única respuesta es la acción, la única respuesta en la vida es la voluntad, sea corriendo, estudiando o redactando pliegos de contratación.

Disfrutar, solo respirar.

Ya lo decía Virgilio: Vires Acquirit Eundo (La fuerza se adquiere avanzando).

No hay más. 

Y mira que se me olvidaba, como en los viejos tiempos, el grito de guerra: "¡¡¡YO SOY ESPARTACO!!!"

domingo, 4 de agosto de 2013

Estrella de Simón Vela


Una cita prevista para principios de octubre que finalmente quedó aparcada por falta de asistencia Ayer la asistencia fue escasa pero bastó. Si buscas las razones para entender por qué te gusta el fondo, un entrenamiento como el de ayer disipará dudas. Disfruté enormemente del silencio de seis horas de lucha conmigo mismo durante una espléndida mañana de verano en un lugar tan especial para mí. Tal vez influya la peligrosa influencia de Tesson de cuyo libro ya contaré algo. La idea era, partiendo de La Peña de Francia, acometer el descenso y ascenso de los cuatro caminos que llevan a la cima: Maíllo, Monsagro, Casarito y El Cabaco, lo que el Ciego Sabino bautizó como "Estrella de Simón Vela".

Debido a una rebelde lesión en el biceps femoral latente desde abril y que cada vez que decido ponerme algo serio, amenaza con volver, apenas tengo entrenamientos de carrera en general y de monte en particular. El objetivo era completar la aventura e intentar hacer un buen entrenamiento de fondo y montaña cara a la gran aventura del año, el Anillo Vindio de Picos de Europa a finales de agosto. Teniendo en cuenta mi preparación y mi propósito, marqué un guion del que no me aparté en ningún momento: bajar trotando, subir andando ligero, rápido. 

Todo salió perfecto, ayudado de forma importante por el hecho de que durante toda la mañana, nunca hizo un calor excesivo. Balance positivo, especialmente la concentración durante todo el reto, tratando de mantener velocidades constantes hasta el final. Evidentemente he acabado muy cansado y dolorido pero no hubo disminución relevante de ritmo. Mentalmente iba preparado para afrontar la última subida "apajarado" y tratar de mantener la calma pero la situación no llegó. Salí a las ocho de la mañana en punto y tardé 5 horas y 58 minutos. Sí hubo calentón final por el pique conmigo mismo al tratar de hacer menos de seis horas, que me llevó al límite en el último y duro tramo, lo que tampoco es mala señal. 

El recorrido se puede hacer en bastante menos tiempo si se baja corriendo de verdad y se hacen un par de subidas corriendo aunque para ello hay que ir entrenado, sobre todo para soportar el peligroso terreno que restaría a partir de ahí, y que si no sabes gestionar con cabeza, te podría llevar al desfallecimiento y abandonar la aventura. Ya se sabe cómo va esto: si arriesgas, te puedes estrellar.



Aunque no los registré, os dejo los tiempos aproximados para cada camino -solo dudo en uno-. Sí os comento que apenas he perdido tiempo en nada que no fuera cargar agua y poco más. Una foto antes de comenzar, otra al terminar.

EL MAÍLLO (Hasta la pista): Descenso 32´  Ascenso 44´
MONSAGRO (Hasta la casa) Descenso 42 ´Ascenso 55´
CASARITO (Fuente):  Descenso 32´ Ascenso 50´ (Con desvío a Simón Vela a cargar)
EL CABACO (Zona llana de cercados): Descenso 35´ Ascenso 53´

*Combustible: una barrita de chocolate, cuatro gominolas (gordas), cuatro galletas, cuatro orejones y alrededor de dos litros de agua.