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domingo, 27 de agosto de 2023

Generación rock



 De los conciertos de ayer de Ilegales y Loquillo en Salamanca, aparte de disfrutar enormemente de dos de las mejores bandas de la historia del rock español me queda una reflexión para cuatro letras. Y es que siendo perfiles diferentes los de Jorge Martínez y Loquillo, ambos interpretan sus personajes, ejercen de carismáticos oficiantes en una liturgia desfasada, residual y ridícula para el no iniciado.

Ambos reivindican con vigor un género incómodo hasta desde su irrelevancia en tiempos adversos por la marea cultural dominante. El papel de Jorge, más bufón, resulta paradójicamente más cáustico desde su ironía. Denuncia la insoportable censura de lo políticamente correcto que no asfixia por la escasa trascendencia de sus propuestas, concluyendo su lúcido discurso con un “tiempos felices aquellos en que éramos tan desgraciados”. 


Loquillo se toma en serio, encarnado en un papel de estrella que fue asumido antes incluso de serlo, es arrogante desde su seguridad, ofreciendo a cambio una representación irreprochable desde la medida coreografía de su poderosa y rodada banda. El directo eleva la fuerza  de un corpus clásico que casa bien con los nuevos caminos siempre autorreferenciales, partiendo siempre desde la más absoluta profesionalidad y dejando claro que para él el rock sigue siendo algo serio y medida existencial

Y ahí seguimos un público entre los cuarenta y sesenta gozando, observando de reojo quién envejece mejor y sobre todo peor, y empezando a comprender de verdad el valor de ese primer brindis de las abuelas en todas las comidas familiares: que el próximo año nos volvamos a ver, y si puede ser, sobrellevar la vida y la memoria con el anclaje emocional de la buena música, que por razones bien distintas a las de origen, conserva su elemento de rebeldía.

domingo, 16 de agosto de 2015

Loquillo en Ciudad Rodrigo, Rock and Roll Actitud


Durante mi vida he visto cientos de conciertos, pero hacía más de 25 años que no me reencontraba con Loquillo. Entonces, en la Plaza Mayor de Salamanca, transitaba uno de esos momentos clave en la historia de una vida, que durante la adolescencia son tantos, el de mi despertar cultural, también musical.

Tenía pelo, tenía tupé y amaba el rock and roll como debe ser, de forma visceral, siempre irracional. Hoy, que desapareció el tupé y hasta el pelo, hoy, que tengo muchas más palabras y conocimientos para retratar qué es la música o un concierto, se supone que mucho gané, ya que aunque mi último artículo sea sobre Lemmy Kilmister, he de reconocer que entre mis músicos favoritos se coló desde Bach a Coltrane

Loquillo viene contando qué es el rock desde siempre, primero valiéndose de la brillante lírica de Sabino Méndez, llena de la imaginería importada pero no impostada, de sus-nuestros grandes ídolos del otro lado del Atlántico. Después, ya en solitario, sirviéndose de esas letras que basculan entre la declaración y el manifiesto vital, tan marca de la casa, reclamando autenticidad en un mundo que muchos consideramos demasiado acelerado.

Loquillo ha de ser uno de los cantantes que más utiliza el término "rock" en sus letras, para mostralo orgulloso, definirlo y definirse. Para ello, el oficiante maestro de ceremonias se vale de toda la liturgia rockera, la que discurre entre lo teatral y lo circense, donde todo lo ridículo de un afectado saludo, una sonrisa sardónica o la simple forma de sujetar un micrófono distingue al bendecido del aficionado, donde brilla la estrella en la que se confundieron hace años persona y personaje.

Porque al final te sirves de rubias, martinis, cadillacs y L.A, para hablar sobre lo que siempre habla el buen arte: del paso del tiempo. Hoy, que puedo entender mejor que nunca el último verso de "Cadillac Solitario", gritado en mi Ciudad Rodrigo, trazando un íntimo círculo perfecto, hoy que puedo llegar a explicar qué es ser joven porque ya no lo soy, no soy capaz de sentir el rock como entonces porque ya no soy aquel muchacho, en el que todo su espíritu era tierra fértil para semillas. 

David, de Sabor Amargo, despedía su vibrante concierto con fúnebre contrapunto a la música que cerraba su participación, avisando del peligro de extinción del rock. Ambos sabemos que aunque el rock ciertamente hoy es un género menor, sigue atesorando el secreto de su magia, el de lo instantáneo, el que, como todo lo valioso, se ha de sentir pero no comprender, al que no le sirven las palabras por mucho que yo me siga empeñando.

miércoles, 1 de enero de 2014

Guitarras con farinato



El jueves y viernes de la pasada semana se celebraron sendos conciertos en el Café D´Morán, uno de blues a cargo de la banda de Edu Manazas con Marcos Coll y la final del Combate de Cantautores que se ha venido desarrollando durante las últimas semanas.  A priori, a la vuelta  de los festejos de fin de año, puede que no sean noches muy propicias para el éxito de la propuesta, pero estoy seguro de que el público, en mayor o menor medida, responderá. Y es que algo ha cambiado últimamente en Ciudad Rodrigo. Valiéndome como excusa de estos conciertos, unas palabras para reflexionar sobre la música y  para agradecer la revitalización de la oferta cultural en mi ciudad, personificando en la gente de Farinato Sound y en Juan de D´Morán, aunque seguro detrás, hay muchos más.

La música como elemento aglutinador alrededor del que gira un grupo heterogéneo de personas, toda una escena que poco a poco se ha ido construyendo en la ciudad y en cuyo asentamiento se sigue trabajando con lo más importante en cualquier viaje: pasión.  Al modo usual de cualquier escena cultural,  desde la más doméstica y diminuta, hasta las más  renombrada, el fenómeno  se retroalimenta a sí mismo –es fácil apreciarlo en el mundo del teatro en Ciudad Rodrigo-, generando nuevos adeptos,  interesados o simples curiosos que asomándose un mundo nuevo, son la savia nueva, contribuyen a que sea más fuerte, a que se puedan plantear iniciativas que por esencia, nacieron o han de nacer  débiles y necesitadas de cuidado, pero muchas de las cuales, arraigaron o arraigarán.  

Algo sí puede que haya cambiado en los últimos tiempos y no me refiero a que una iniciativa tenga más o menos éxito desde el punto de vista de la rentabilidad; hablo sobre algo más valioso, sobre la percepción que se pueda tener de la música popular, sea pop o rock -valiéndome de dos contenedores que pueden albergar vehículos de expresión muy distintos que en sentido estricto no permitirían ser abarcados por esas etiquetas, pero que para entendernos, nos sirve-. Y para hablar de ello, he de escribir sobre mi relación con este arte.

Los que me conocen saben de mi pasión por la música. Para mí es mucho más que una simple afición. Lo reconozco, tengo la cabeza atestada de datos inútiles. Lamento profundamente no haber aprendido a tocar un instrumento para entender mejor las razones del encantamiento y aunque bien sé que aún estaría a tiempo –más con la posibilidad que te ofrece ahora Farinato Sound-,  peleo en demasiados frentes, mi tiempo es mi mercancía más valiosa, mi día se ajusta al minuto para llegar a todo lo que quiero y no hay posibilidad de ampliar a nuevos horizontes.

Llegué a la música de verdad a los catorce años a través de una cinta de Springsteen que  casi abrasé en el reproductor de casetes de mis padres, y que me hizo renegar de todo lo que, desorientado, escuchaba hasta entonces. Aquellas canciones me enseñaron que la música es un cauce idóneo para contar todo lo que rodea al ser humano utilizando además una forma, unos sonidos, que  me volvían literalmente loco, como solo puede  hacerlo un adolescente.

A medida que creces, percibes la consideración que en el mundo se tiene de  la música popular como arte menor, observas esa distinción entre Alta Cultura y cultura con minúsculas, poco más que un sucedáneo con ínfulas. Sí, ahora la sociedad biempensante otorgó carta de naturaleza  a autores como Leonard Cohen , Bob Dylan o Van Morrison pero ellos, en sus comienzos, también fueron proscritos, no más que una panda de incómodos vagabundos arrastraos. El hecho mismo de acoger sus propuestas como válidas no puede resultar más que una especie de condecoración algo ridícula, ya que desde el primer día, desde el primer verso, merecieron ser valorados por lo que ofrecían, no más que en su justa medida.

Me coloco en el extremo opuesto, en el de un disco, en principio,  sin valor literario alguno, el debut de los Sex Pistols. Ese disco representa mejor que cualquier tratado económico o político los efectos de la crisis de los setenta en Europa. Es un grito de rabia, un puñetazo de una generación desnortada y perdida. Es un producto cultural de primer orden porque ante todo, es real. Lo mismo que un disco de los cincuenta de Elvis refleja el hastío vital de los acomodados chavales nacidos en los estertores de Segunda Guerra Mundial o la canción protesta del Greenwich Village a principios de los sesenta, la lucha política que se libra en el seno de la fracturada sociedad norteamericana, o un disco de Jefferson Airplane,  las ansias de una nueva forma de entender la vida o el sencillo blues encarna el imperecedero milagro de arrastrar el común lamento del corazón del hombre a través de un siglo entero. Todo son trozos de realidad.

Por eso desprecio la mayor parte de la música que se escucha en las radios comerciales, la que vertebra las listas de éxitos, que para mí carece de valor alguno. Es música prefabricada por principio, con la intervención de una corte de asesores de imagen, productores, técnicos, compositores;  un mero producto industrial a plasmar en los balances económicos de las empresas.  Al otro lado se encuentra la pequeña música de los chavales que han desfilado por el Combate de Cantautores. Independientemente de que comulgue con su propuesta estético-musical, sé que estoy en presencia de gente honesta, valiente;  músicos que puede que  alberguen la pequeña esperanza de algún día dedicarse profesionalmente a la música pero a los que en el fondo les importa una higa que jamás lo logren, ya que igualmente seguirán tocando y compartiendo, porque para ellos es un privilegio poder expresarse con su guitarra. Y eso, para mí, merece respeto.

Lo que me parece divertido es que mucha gente que desprecia el rock and roll como género menor, manejan cuatro claves interiorizadas desde niño –algo que en cierta forma se pretende implantar con la cultura que defiende esta España algo rancia-, la de valorar la Cultura con mayúsculas, la que merece estar en un museo, la más muerta que viva.  Como yo disfruto igualmente de ésta a manos llenas y con fruición, como domino y disfruto de su lenguaje,  me siento legitimado para censurar cierta actitud impostada,  porque para mí no hay dos mundos, porque el verdadero sabio siempre se siente pequeño.

Sé que es duro luchar contra los estereotipos y prejuicios de una vieja ciudad castellana, pero lo mismo que hoy  veo aceptar con naturalidad arriesgadas propuestas escénicas en la Feria de Teatro,  se puede conseguir que se acepte el pop, el blues, el rock en sus infinitas variantes, como una propuesta cultural más, valiosa en sí misma. Estos procesos se desarrollan lentamente, horadando la roca gota a gota, y así es como creo que se lo debe tomar Juan con la programación de sus conciertos o  el colectivo Farinato Sound al decidir el calendario de sus actividades, ahora que además cuentan con un local para que cualquier persona interesada puede ir a ensayar o aprender y donde se tiene el propósito de organizar actividades más allá de las propiamente relacionadas con la música, lo que da idea de sus ambiciones. Ahí están sus frutos, lo que han ido consiguiendo poco a poco, el único criterio válido para juzgarlos.

No podemos olvidar que al final se pretende ofrecer algo más en Ciudad Rodrigo, contar con nuevas posibilidades de ocio o enriquecimiento.  En el trasfondo de todo el circo de la música, solo hay una fotografía: la de un chaval encerrado en su habitación escribiendo un verso o ensayando  un acorde para intentar poner en pie el pequeño milagro que es una canción. Eso requiere esfuerzo, trabajo, determinación, ponerse en marcha y esos son valores que te servirán en la vida.  Un verso o una canción son manifestaciones, rasgos  que nos distinguen como  humanos.

Sé que  tal y como está montado el tinglado, hoy en día la sociedad solo aprecia de verdad al que consigue el éxito, pero no estaría mal que se comenzase a valorar, se felicitase al que se esfuerza, independiente de sus resultados. Lo mismo que mí me gusta el deporte o escribir, y sé que nunca seré Kilian Jornet ni que todos las líneas de mi vida valdrán lo que un párrafo de Philip Roth, nunca renunciaré a ello y aunque a menudo me cuesta ponerme a ello, lo hago porque disfruto, porque me sienta bien.  Es una afición, no le pido más. En la actividad está la recompensa. Imagino lo mismo le ocurrirá a todos los que tocan y doy fe que le sucede a los que disfrutamos de la música.  El éxito profesional es cuestión accidental.

Hoy que la juventud es objeto de absurda crítica por lo  indiscriminado de su ejercicio , también deberíamos fijarnos en todo lo bueno que hay en ella, en todo lo que nos pueden ofrecer. Para  mí aquel disco, “Born in the USA”, fue una de las puertas de entrada a mucho de lo que me define, al mundo de la cultura que viene a ser lo mío, con lo que más gozo, que me condujo a Nick Cave o Lou Reed pero también a Terrence Malick a Calvino. Hoy seguro se utilizan otras canciones como puntos de partida para llegar a muchos de los puertos a que yo arribé. El arte si está vivo no es más que abrir puertas, hacer y responder preguntas.